Juan Esteban Constaín

La película que es

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En agosto de 1992 Cameron Todd Willingham fue condenado a muerte en Corsicana, Texas. Los miembros del jurado, en un juicio que duró solo dos días, lo encontraron culpable de haber causado un incendio en su propia casa, un incendio en el que murieron sus tres pequeñas hijas. Él se declaró inocente desde el principio, todo el tiempo, aun cuando el juez le ofreció cambiar su pena por una cadena perpetua si aceptaba su culpabilidad.

En febrero del 2004, después de agotar todas las instancias posibles en su caso, todas ellas equivocadas y soberbias –cuando no se juntan la equivocación y la soberbia–, Cameron Todd Willingham fue ejecutado de manera injusta, pues hoy ya sabemos que era inocente del crimen que le endilgaron y que para condenarlo bastaron los vagos y equívocos relatos de unos testigos amañados y las caprichosas conjeturas de los investigadores, refutadas luego, aunque ya para qué, por científicos y expertos.

Pero hay otra historia parecida aún más kafkiana, si se puede, justo este año en que se conmemoran los primeros cien de cuando el pobre de Kafka se sentó a escribir una de sus obras mayores, El proceso: la tragedia de Josef K y sus encuentros absurdos y tortuosos y laberínticos con la justicia y con la ley, aunque más valdría decir “sus desencuentros”: su caída desesperada en esa telaraña de expedientes, rumores y acusaciones que al final lo convencieron de que mejor le habría ido si de verdad hubiera cometido el delito que no cometió.

La historia es así: en 1977 un hombre con discapacidad mental, Jerry Hartfield, fue acusado de matar en una estación de buses de Bay City, Texas, a Eunice Lowe, quien trabajaba allí como vendedora de pasajes. El jurado lo condenó entonces a la pena de muerte, pena que luego fue anulada en 1980 cuando una corte de apelaciones reconoció que en el juicio había habido toda clase de errores y que las pruebas y los testimonios presentados no eran válidos ni ciertos. La orden de la corte fue muy clara: había que hacer un nuevo juicio.

Fue en 1980 y esta es la hora en que ese juicio no se ha hecho y el pobre tipo sigue en la cárcel. ¿Por qué? Por una razón que le habría parecido inconcebible aun al mismo Kafka: en 1983 un gobernador del estado de Texas, en un alarde de la más perversa generosidad, le conmutó a Hartfield la pena de muerte por una cadena perpetua. ¡Una pena que ya no existía! Ese terrible ‘favor’ generó una incongruencia en el ‘sistema’ que ha impedido que los abogados del reo, un inocente, puedan obtener su libertad.

Estas historias –o la de Kerry Cook o la de Randolph Arledge, y muchas más– tienen en común una cosa que ustedes ya habrán notado: todas ocurrieron en el estado de Texas, en los Estados Unidos, un estado cuyo sistema judicial aún impone un índice de libros prohibidos para sus reclusos, y en el cual, hace no mucho, un juez le dijo a un hindú que estaba allí pidiendo justicia porque lo habían discriminado en su trabajo: “Usted no es indio, es caucásico. ¿O por qué cree que Hitler usaba tanto la esvástica?”.