Juan Cuvi

Unidad indiscriminada

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En política, forzar similitudes puede conducir a graves equivocaciones. Es lo que ha ocurrido con la comparación entre Venezuela y Ecuador. Durante varios años, desde distintos sectores se ha promovido un discurso reiterativo sobre la supuesta analogía entre ambos países. Pero la realidad desdice estas aseveraciones.

Empezando porque en nuestro país la polarización está muy distante de la que existe en Venezuela. En buena medida, la persistencia de espacios para la izquierda y para los movimientos sociales ha impedido que el espectro político e ideológico se parta en dos. Mientras en el país llanero la izquierda quedó triturada entre el populismo chavista y el liberalismo oligárquico, acá logró conservar una agenda propia. Prueba de ello son las movilizaciones que se han realizado en los últimos dos años.

Dos actores tienen el mérito de haber demarcado un espacio social autónomo frente al correísmo y a la derecha tradicional: el movimiento indígena y los Yasunidos. La clave para su posicionamiento radica en que sus respectivas propuestas han forzado al Gobierno a coincidir con las posiciones más conservadoras y tradicionales del espectro ideológico. La plurinacionalidad y la defensa de la naturaleza son reivindicaciones que generan resquemor y aprensión tanto en las viejas fuerzas políticas como en Alianza País.

Ideas como la defensa a ultranza del Estado-nación, la imposición de la modernidad, el crecimiento como paradigma civilizatorio o la industrialización del agro como condición para superar la pobreza, definen un modelo político que se alinea con las concepciones más convencionales de la organización de la sociedad. Y el correísmo no ha dudado un ápice en aplicarlas, inclusive pasándose por encima del Sumak Kawsay establecido en la Constitución.

En esencia, se trata de dos cosmovisiones contradictorias, incluso incompatibles. Por eso, precisamente, las eventuales coincidencias electorales entre la derecha y la izquierda se vuelven tan complicadas. O inviables. Lo acaba de demostrar la fracasada convocatoria de Pachakutik a un diálogo amplio.

A diferencia de lo que ocurrió en Venezuela con la MUD, la unidad indiscriminada de la oposición para derrotar al correísmo no se vuelve un factor imprescindible. En primer lugar, porque la descomposición del oficialismo anticipa su debilitamiento progresivo y su derrota electoral en 2017. En segundo lugar, porque para los sectores populares la salida del correísmo no es un fin sino una transición hacia un cambio social.

Desde los sectores de izquierda se percibe a estos llamados a la unidad como una estrategia de la derecha para hegemonizar el recambio. Cantos de sirena. Porque en la práctica, se perciben demasiadas coincidencias estratégicas entre este sector y el correísmo.