Antonio Rodríguez Vicéns

Juan Montalvo y el socialismo

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17 de April de 2012 00:01

Montalvo no fue socialista. Hacerlo aparecer como “uno de los doctrinarios adelantados del pensamiento marxista” constituyó un esfuerzo sin sentido de un sector político ecuatoriano. La verdad es otra: su actitud hacia el socialismo fue negativa. El socialismo y el comunismo, escribió, son “azotes de las sociedades modernas”, tienen su “cuna en el despotismo” y amenazan “de muerte a personas e instituciones”. En ninguna de sus obras me ha sido posible encontrar una expresión de simpatía. “De la lectura de los materiales literarios hasta ahora conocidos, como asimismo de otros documentos de la época -concluyó Arturo Andrés Roig-, lo que surge es que no sólo no podríamos considerarlo ‘socialista’ -y mucho menos ‘marxista’ o ‘premarxista’- sino que tampoco tendríamos pie para afirmar rotundamente que se aproxima a los ‘socialistas utópicos’ o a otros escritores o luchadores próximos a ellos…”

El socialismo, sostuvo, “por un encadenamiento misterioso de las ideas y las cosas, tiene su cuna en el despotismo…”“La práctica pone en claro relaciones paradójicas que parecen absurdas”: el socialismo, “conforme las naciones adelantan hacia la libertad, va refugiándose en los imperios donde el autócrata hace gala del poder absoluto”. Llegó a bosquejar una tesis sorprendente: los regímenes despóticos son propicios para el nacimiento y el crecimiento del socialismo; en cambio, los regímenes democráticos, en un clima de libertad, impiden y limitan su desarrollo. “Durante el segundo imperio napoleónico los socialistas eran sombra y espanto del déspota: hoy la república no le teme: ¿qué ha de temer, si a más andar gana la Rusia, y va dejando libres los pueblos donde el orden es avenidero con el ejercicio de la libertad, y las instituciones democráticas con el progreso?... Libertad y democracia bien entendidas no lo necesitan”.

Montalvo no sólo que ha sido vaciado de sus ideas sino que además ha corrido la suerte de quienes, tras una vida signada por el dolor y la grandeza, se han transformado en un símbolo: las más opuestas corrientes doctrinarias se han disputado su memoria. No tenemos derecho a leerlo entre líneas o a interpretar interesadamente sus opiniones. A pretender adueñarnos de su nombre. No repitamos lugares comunes ni frases hechas. No caigamos en estereotipos. La mayoría de sus obras está a nuestro alcance. ¿Por qué no las leemos? En ellas y en los actos de su vida y de su lucha encontraremos al Montalvo vivo: aquel que con la belleza de su estilo, sus ideas, sus sentimientos, sus amores y sus odios, propios de sus particulares circunstancias, todavía nos sensibiliza, nos entristece o nos alegra, nos indigna o nos conmueve, nos instruye o nos guía y, sobre todo, en estos días de estulticia y vacuidad innoble, nos induce a reflexionar, nos inspira o nos condena.