Gonzalo Ruiz

Juan Manuel Santos y el polémico Nobel de la Paz

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Hace una semana no hubiese sorprendido a nadie. Pero este viernes la noticia que llegaba de Oslo y anunciaba la próxima entrega del Premio Nobel de la Paz para el presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, sí que causaba sorpresa y, hasta polémica.

El giro brusco de los acontecimientos es propio de una dinámica vertiginosa con la que Colombia se ha acostumbrado a vivir. 
El lunes 26 de septiembre, después de cuatro años de laboriosos diálogos en La Habana, el presidente Juan Manuel Santos y el cabecilla de las FARC, Rodrigo Londoño, alias ‘Timochenko’ firmaban la paz y lo hacían con un artilugio que encerraba una simbología siniestra.

Lo bautizaron balígrafo, era un esferográfico inserto en un casquillo de una de las poderosas balas como las que segaron miles de vidas inocentes en la larga lucha guerrillera. 280 000 muertos, cuentan, en 52 años de sangre y dolor. Y víctimas indirectas, destrucción, gigantes gastos militares y pérdidas económicas.


La ceremonia en Cartagena concitó la mirada del mundo y varias personalidades acudieron para avalar la firma de la paz.
El proceso de paz parecía el único camino para salir de la guerra brutal. Pero los colombianos optaron por el ‘No’ en el plebiscito. Fue una estrecha votación pero suficiente para leer el resultado con sensibilidad.

La mayoría de los votantes no quiso y no quería una paz con concesiones a la guerrilla que consideraba desproporcionadas y alejadas de las leyes y de una justicia real.
El presidente Santos tuvo la grandeza de reconocer el resultado adverso pero democrático y llamar a un diálogo nacional.


El expresidente Álvaro Uribe, astuto como es, acogió el testigo y hasta abrió el camino para asistir a la Casa de Nariño a un encuentro con su exministro de Defensa. 
Todos quieren la paz. El fin del alto el fuego es el 31 de octubre. Ojalá que los guerrilleros no vuelvan al camino de guerra y muerte. Así llega el Nobel para el presidente Santos, con la paz a medio hacer.