De curules y témporas

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1 de agosto de 2014 00:00

Juan Cuvi /Columnista invitado

Mi padre poseía un sentido del humor exquisito. Una de sus habilidades consistía en echar mano de refranes poco comunes, incluso desconocidos, en los momentos y situaciones más precisos. Recuerdo que cuando alguien metía en el mismo saco cosas completamente disímiles, decía que no hay que confundir el culo con las témporas.

Debo confesar que nunca me preocupé por buscar los antecedentes ni la explicación de este dicho (en aquellas épocas no existía Internet ni computadoras personales que facilitaran la búsqueda). Lo utilizaba cuando lo consideraba propicio, aunque suscitara la extrañeza de los presentes. Siempre supuse que si no provenía de esa fuente inagotable de sentencias que es la literatura clásica española, debía tener origen en la religión católica. Al menos por aquello de las témporas.

Justamente por eso, y para salir de mi ignorancia, apenas tuve la oportunidad recurrí a una de los personajes más eruditos de este país, dotado también de un proverbial buen sentido del humor: monseñor Alberto Luna Tobar. Cuando le recité el adagio soltó una amplia y generosa carcajada, de aquellas con las que solía cautivar a cualquier concurrencia, y me respondió que jamás lo había escuchado. “Pero –continuó ante mi desconcierto–, creo tener una explicación. Recuerdo que cuando se celebraban las témporas nos hacían rezar unas oraciones interminables, sentados en unas bancas de madera durísimas. Supongo que al cabo de un tiempo el dolor de las posaderas podía interferir en nuestro recogimiento y distraer nuestras meditaciones. Alguna vez –concluyó–, a algún superior debe habérsele ocurrido advertir a los frailes que no confundieran lo uno con lo otro”.

Hoy, gracias a Internet sé que este proverbio, además de tener otras explicaciones no tan ingeniosas como las de monseñor Luna, pertenece al acervo popular español. Sirve sobre todo para rechazar la comparación de elementos groseros y vulgares con aquellos dotados de cierta excelsitud o altura.

Esta historia me vino a la memoria cuando me enteré de una barbaridad que la mayoría oficialista pretende tratar, y posiblemente aprobar, en la Asamblea Nacional. Me refiero al caso particular de la metida de mano a los fondos de pensiones. Argumentar que el origen público de unos salarios faculta al Estado a disponer del patrimonio personal e inviolable de los profesores –y de otros ciudadanos– equivale a prohibir el idioma castellano porque no es originario de América. Es confundir la naturaleza de las cosas; implica equiparar la viveza criolla con los derechos. No importa si para ello la mayoría de asambleístas de Alianza País se ampare en la representación electoral que alcanzó en las urnas. En la práctica, algunos asambleístas del correísmo están confundiendo la curul con la democracia.