Monseñor Julio Parrilla

Jóvenes a la deriva

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Son muchos los jóvenes (y también madres y abuelas de jóvenes) que se acercan a pedir un empleo “de lo que sea”. Es una mala fórmula de presentación, pues quien vale para todo vale para poco.

El empleo de los jóvenes en situación vulnerable es, en este momento de crisis larvada, un enorme desafío. Y es que, en gran parte, el proceso de construcción de ciudadanía pasa por la entrada de los jóvenes en el mercado laboral, única garantía de crecimiento personal, integración y paz social.

En una sociedad como la nuestra, con alto índice de paro juvenil y con un mercado que no se encamina precisamente al pleno empleo sino a situaciones laborales precarias (subempleo, jornadas parciales, salarios bajos, etc.), resulta inhumano olvidarse de la importancia de la persona frente al capital.

En Riobamba, como en todas las ciudades del país, hay cientos de jóvenes apiñados en las veredas, a la espera de que alguien les ofrezca un trabajito. Muchos de ellos son ni-nis que ni estudian ni trabajan y nos recuerdan la conflictividad social que nos espera. Viéndolos, pienso en lo importante que es el trabajo para la persona, formar parte de una estructura normalizada, disponer de recursos propios y ser reconocido socialmente.

Y todo ello independientemente de los orígenes familiares o de la propia mochila de “fracasado” que les endosa un sistema educativo que deja en la cuneta a miles de personas. Es curioso que se nos vaya la vida hablando de deuda pública y privada, de salvaguardias o dineros electrónicos, pero mientras los jóvenes estén en la calle a la espera de que alguien les contrate para arreglar la llave de una tina, habrá que pensar que el sistema sigue avanzando por los derroteros del fracaso.

La Doctrina Social de la Iglesia nos recuerda que crear empleo requiere algunas estrategias. La primera, ayudar a los jóvenes a descubrir sus límites y cualidades dándoles la tranquilidad de que podrán trabajar en aquello para lo que se prepararon. La segunda, orientada a las primeras experiencias laborales cuyo objetivo sea la incorporación al mundo del trabajo.

Es triste que, para muchos, la experiencia laboral termina antes de empezar, cuando la realidad exige mayor compromiso y estabilidad social. La tercera pide generar alianzas entre los jóvenes y el tejido empresarial. La ausencia de grupos intermedios y de una real comunicación hace que tantos jóvenes, anden a la deriva.

Hoy, más que nunca, ante los cambios, sociales, culturales y tecnológicos que rodean la vida de los jóvenes, necesitamos conocer, entender, acompañar y comprometernos juntos a favor de los jóvenes más vulnerables. ¿Cabría la puesta en marcha de una iniciativa de empleo juvenil que atendiera a los jóvenes más desfavorecidos, más allá de los que tienen alta cualificación y tampoco encuentran trabajo?