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Así, en abstracto, el del título de este artículo es nombre tan cotidiano y simple como lo son Pedro Pérez, Carlos López o Luisa Soto… Pero en concreto nombra a alguien vivo, digno, o a alguien muerto y digno mientras vivió su historia personal y social. Leído así, apenas nos sugiere la existencia de un José –Pepe o Pepito -. [Nota idiomática: Pepe no es diminutivo, sino hipocorístico de José, término que procede del griego ‘hypokoristikós’ y significa ‘acariciador’; se define como nombre en forma diminutiva, abreviada o infantil, usado para designar cariñosa y familiarmente a alguien: Charo; Paco. Nuestra habla es fuente inagotable de hipocorísticos, aunque no es el momento de enumerarlos].

Vargas es apelativo de origen español, lo que, por felicidad, apenas importa ya; se lo nombra en el Quijote, lo que tampoco importa, porque muchos Vargas no lo leerán jamás, como no lo leerán Gómez, ni Andrades, por tomar al azar otros apellidos; leerlo, no lo leerá, ¡qué pena! un infinito etcétera.

En cambio, al niño que empieza a aprender a leer, nada se le escapa: a veces es víctima de letreros grandes: ‘Valla lento’, dice una valla de las que, para existir ‘mejor’, escriben sin ortografía. Y el niño, razonablemente, pregunta -¿Valla se escribe así? Y la mamá, que lo entiende: -Valla sí, hijito, pero no, ‘vaya’: Vaya se escribe con ye. Y el niño: -¿Esta valla es lenta? –‘No lenta, estúpida’, piensa la madre, pero calla, y le cuenta que en la valla debió escribirse ‘Vaya lentamente’ -¡tan distinto del ‘valla lento’! -Es una broma, dice la madre, y el niño, que no entiende esas bromas, lo olvida, ante un letrero de una gaseosa que entiende perfectamente, por desgracia.

Llega el momento de descifrar la letra chica, la de los letreros que nombran las calles: un día lee, en el de la calle que lo lleva a casa, ‘José Vargas’; es esta una larga vía de Cumbayá que flanquea el ala derecha del reservorio, si bajamos de Quito, y va más allá de la vieja urbanización Jacarandá. -¿Quién es José Vargas?, pregunta el niño. Y la madre: -Hijito, no sé, te prometo averiguar (nuestra habla coloquial olvida los pronombres: dice ‘No sé’, por ‘No lo sé’ y ‘Te prometo averiguar’, por ‘Te prometo averiguarlo’). Una calle no cambia cada día de nombre, ni un niño de preguntas, hasta recibir respuestas satisfactorias.

Cuando la madre sabe dónde, cómo y quién dicta los nombres de las calles, cuenta al niño que José Vargas es nombre que llevó completo, un hombre bueno y sabio conocedor del arte, el valor de cuya existencia quiso confirmarse al nombrar esa larga calle; pero acortaron malamente su nombre, quitándole su historia, la del padre José María Vargas, sacerdote dominico, especialista en arte colonial, maestro de generaciones, creador, escritor y director del museo de la PUCE. Hombre de bien, humilde y santo, como las flores de los páramos. ¿A quién reclamar, para rectificar esta historia menuda y esencial? No todo niño tiene una madre que averigua, ¡ay, señores munícipes!...