Jorje H. Zalles

La propiedad de la verdad

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16 de julio de 2014 00:00

Hay algo que tienen en común la espantosa y destructiva situación que vive Siria hace más de 3 años, el proceso que tiene nuevamente convulsionadas a Gaza, Israel y Líbano, las actitudes detrás del intento por parte de un cobarde talibán de asesinar a Malala Yousoufzai cuando aún era una niña.

Ese algo también estuvo presente en la Inquisición, en la Guerra de los Treinta Años cuando católicos y protestantes se masacraron mutuamente tratando de lograr hegemonía sobre el mundo cristiano, en la Guerra Civil en España, en el régimen nazi y el sistema soviético. Y sustenta aún hoy las cosas en Cuba y Corea del Norte y la aparentemente interminable confrontación en Venezuela.Ese pernicioso “algo” que tienen en común estas y miles de otras situaciones pasadas y presentes, que han llevado a los niveles terribles de violencia de los cuales solo somos capaces los humanos, es la pretensión a la propiedad de la verdad, la lógicamente indefendible idea de que lo que yo creo respecto de cualquier tema es la sola y única posible verdad, la posesión de la cual me da derecho a imponerme, literalmente a sangre y fuego, sobre el que piensa distinto, denigrarlo, descalificarlo, hasta mandarlo a matar.

Algunas valiosas reflexiones al respecto nos vienen del gran pensador liberal John Stuart Mill, quien escribió: “Negarse a escuchar una opinión que uno está seguro que es falsa es asumir que la propia certeza es lo mismo que la certeza absoluta.

Silenciar una diferencia de opiniones es asumir la propia infalibilidad”. Y luego agregó: “Aunque todos se saben falibles o capaces de error, pocos piensan que sea necesario tomar precauciones contra su propia falibilidad, o admitir el supuesto de que cualquier opinión, de la cual se sienten muy seguros, pueda ser un ejemplo del error del que se reconocen capaces”.
En la propiedad de la verdad operan dos fenómenos que estamos en la obligación de combatir, no a sangre y fuego ¡por favor!, pero sí con honesta reflexión y el reconocimiento de la necesidad de cambios.

El primer fenómeno es la incoherencia –la capacidad para afirmar una cosa y luego otra que la contradice, o para afirmar un principio y luego actuar en directa y flagrante violación del mismo. “Chicas”, pregunto a mis estudiantes blanco-mestizas, “¿sus mamás son racistas?” “Noooo”, me contestan a coro varias de ellas. “Y ¿qué pasa si traen a un enamorado afro-ecuatoriano o indígena a la casa?”. “Mi mamá me mata”, responde una de ellas. Eso es incoherencia. También lo es protestar por la falta de libertad en Venezuela y luego decirle a un hijo que se hará tal o cual cosa “porque soy tu papá”.

El segundo fenómeno es la orgullosa idea que ya no tenemos nada que aprender o que cambiar. “¿Qué me vas a enseñar a mí de negociación?”, me preguntó una vez una persona. “¡Soy abogada!”.