Jorge León

Verdad construida y verdad de hecho

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Ecuador quiere imponer su discurso en el mundo y así convencer de su verdad, pero es gran error confundir el mundo interno con el internacional. Sus ideas maniqueas sobre la prensa internacional dan resultados contrarios a lo buscado y pierde Ecuador.

De hecho, el Gobierno devalúa la diplomacia ecuatoriana reducida al rol de mensajera de la propaganda oficial, folcloriza la imagen del Ecuador y termina cada vez más en el campo de la caricatura venezolana. El embajador de Ecuador en Londres, Abad, envía una carta al conocido periódico Guardian, para reclamar que un artículo sobre las protestas no sigue la verdad oficial, reitera la propaganda oficial e insiste que los contestatarios son violentos.

Pero los hechos dicen verdades que pesan más que las justificaciones oficiales. El Gobierno con su dinámica autoritaria destruye su legitimidad, pues debe maquillar cifras y acontecimientos, entonces su palabra se devalúa, mientras los contestatarios solo con la protesta o la defensa de sus causas -lo cual se vuelve un hecho coherente- ganan legitimidad y su palabra se vuelve más verídica, creíble.

El Gobierno acumula puntos para asemejarse a la Venezuela de Maduro, con lo cual anula sus esfuerzos de mejorar su imagen en el mundo. Los hechos, pues, construyen la imagen negativa que no se borra con propaganda. Mientras que la verdad de la Conaie, aunque ciertos militantes se hayan enfrentado a la Policía, pesa por la constancia en sus propuestas, y, a pesar de las amenazas y represión, por su coraje en decir sus causas, sociales o políticas. La Conaie así, consecuente con sus propuestas, pone el pellejo por delante y adquiere credibilidad, respeto y legitimidad. Por eso a escala internacional las imágenes de protesta y la represión, sin palabras, ya han dicho mucho. La Conaie ya tiene una legitimidad ganada que pesa más que la del Gobierno.

Correa condena a sus miembros porque son “políticos”, es como decir que es inadmisible que miles de europeos defiendan a los refugiados iraquíes yendo contra sus gobiernos. Esto es inconcebible para una mente democrática de Occidente que busca que todos sean políticos. La posición de Correa es anacrónica, reaccionaria o muy conservadora; pierde sus admiradores en el exterior. Un ferviente defensor europeo de Correa me pregunta: “¿Por qué Correa pierde la cabeza, como Maduro?”.

Además, más Correa ataca a la prensa y a los que escriben, más se desacredita y deslegitima. Peor aún con lo que hizo con Didier Fassin y Marc St-Upery, por su artículo en Le Monde, al desacreditarlos e incitar a la muchedumbre al grito “que se vayan” ¿cómo no recordar al fascismo? La verdad oficial se vuelve caricatural.

Así, el Gobierno pierde legitimidad y reconocimiento internacional, por inconsecuencia con sus posiciones iniciales, no por falta de información. Su propaganda contraproducente revela su autoritaria visión de sociedad y de Estado.