Jorge H. Zalles

Las obsesiones ideológicas

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La neurobiología contemporánea ha demostrado que los impulsos pre-programados en el cerebro de todo ser humano, desde los que Carl Sagan y Ann Druyan llamaron nuestros antepasados olvidados, no son solo los de pelear o huir, sino también los de conectarnos y establecer vínculos que aseguren nuestra capacidad para cooperar.

Sin embargo, las obsesiones ideológicas, cuyos contenidos nacen, irónicamente, de la razón, llevan a muchos a extraviarse. Ejemplos incluyen las hambrunas provocadas por Stalin para castigar a millones de campesinos en la Unión Soviética que se resistieron a la colectivización de la tierra; la minuciosa malicia del anti-semitismo nazi y de su intento por eliminar a todo el pueblo judío; la decisión del gobierno británico, a mediados del siglo diecinueve, de dejar de alimentar a la población de Irlanda, durante una prolongada hambruna, para no interferir con el mercado que, según sostenían los autores de esta atrocidad, premia con bienestar a los virtuosos y castiga con pobreza a los pecadores y a los perversos. En su manifestación más cercana a nosotros, vemos el extravío mental de las autoridades venezolanas, que buscan excusas y no soluciones ante el hambre, la falta de medicamentos, la inseguridad y la generalizada desesperanza de sus atribulados ciudadanos.

Las ideologías no solo arrinconan a la razón: también colocan al margen de nuestras motivaciones a la empatía, sensación elemental de pena ante el dolor ajeno, inclinando a muchas personas, atrapadas en la narcisista creencia de que son dueñas de la verdad, a subvertir los naturales impulsos hacia la convivencia y la convergencia, y a dar prioridad a ideas que primero permiten, luego estimulan, y por último justifican el deseo no solo de derrotar, sino incluso de destruir al que dejó de ser mero contrincante y es visto ahora como amenaza. Las ideologías son por ello, en palabras de Joseph Montville, “enemigas del ansia humana de misericordia” que han “eliminado sistemáticamente de nuestra cultura política los estándares establecidos por Jesús, y compartidos por Judíos, Musulmanes y la mayoría de otros creyentes, a favor de la solidaridad y la genuina compasión.”

Al meditar la intención de voto, como acaban de hacerlo los holandeses, estamos haciendo nosotros en el Ecuador, harán pronto los franceses y otros, cabe que nos preguntemos, sobre todo, si lo estamos haciendo en ese espíritu feroz, calificable de inhumano, del que ve al contrario como enemigo, inferior, y por ello merecedor de violencia y destrucción, o si más bien estamos abordando la definición de rumbos sociales conservando siempre un sentido de la dignidad del otro, y una devoción por esa dignidad.

Está en juego, en todas las latitudes, la afirmación o la negación de la esencia misma de nuestra condición humana.