Diego Araujo Sánchez

Irresponsable despilfarro

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Augusto Barrera, titular de la Senescyt, lo ha resumido de forma muy delicada: en Yachay “se construyó una imagen que no corresponde a la verdad”. Sin embargo, cuando el presidente Moreno visitó las instalaciones de Urcuquí, el informe que divulgó pintó en toda su dureza la abultada mentira: Yachay Tech acoge a un poco más de 1 000 estudiantes, que solo disponen de 12 aulas y 4 laboratorios; ahora utilizan 11 aulas prestadas de un instituto superior de la zona. Yachay, la empresa pública que debía asegurar el funcionamiento de la universidad, cuenta con 746 servidores; entre ellos, 9 gerentes, 17 asesores de los gerentes, 21 abogados, 14 comunicadores sociales… El pago a ese personal representa un gasto de $13,5 millones al año.

En Yachay se construyeron edificios, a pesar de no contar antes con servicios básicos ni vías; de los 7 en construcción, 5 se hallan paralizados desde el 2015 por fallas estructurales. De las 4500 hectáreas aprovechables para la agricultura, la mitad permanece improductiva. Hasta el momento se han gastado USD 340 millones, cerca de USD 40 millones en procesos contractuales que no son claros, denunció Barrera. Los USD 3 000 millones que René Ramírez y el presidente Correa anunciaron con bombos y platillos como una histórica inversión para fabricar autos eléctricos fueron una tomadura de pelo, otro engaño.

El informe describe las gracias de la empresa pública, pero no se evalúa aún a la universidad. Yachay es una obra sobredimensionada. Desde el inicio, diversas voces habían advertido el carácter inviable del megaproyecto. Este adoleció de dos vicios capitales en su nacimiento: Primero, una planificación de espaldas a la realidad universitaria ecuatoriana, con desconocimiento y menosprecio de ella. Solo así se explica su falta de relación con el sistema de educación superior. ¿Por qué no se propuso, por ejemplo, el desarrollo de la ciencia, la innovación y la tecnología con las Politécnicas? ¿No resulta una necedad suponer que, con aquella obra faraónica, se conseguiría transformar el sistema universitario nacional y se pondría en marcha un motor para el cambio de la matriz productiva? Y segundo, un ingenuo voluntarismo: se tomó la decisión de crear el megaproyecto bajo la inspiración de las políticas populistas del correísmo, sus pujos tecnocráticos y sus espejismos publicitarios, pero sin contar con las evidencias de la realidad y de lo razonable.

La ciudad del conocimiento en Urcuquí, al igual que el complejo petroquímico de El Aromo en Manabí, “quedarán como símbolos del despilfarro, la ignorancia y la irresponsabilidad”, señaló tiempo atrás Arturo Villavicencio, notable científico y gran conocedor de la realidad universitaria. Quienes malgastaron los recursos públicos y engañaron con esos elefantes blancos deberán responder ante la justicia.

daraujo@elcomercio.org