Jorje H. Zalles

¡Qué ironía!

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Son muchos los casos que he conocido, porque mis estudiantes los han compartido conmigo, de padres y madres que sobreprotegen en grado extremo a sus hijos, buscando ejercer control sobre todo aspecto de sus vidas – qué creen, qué estudian, con quiénes hacen amistad, de quién se enamoran, a qué hora salen, entran, comen, rezan, que música escuchan, cómo se visten, cómo llevan el pelo – todo con la “justificación” de que ellos –los padres- saben más, tienen más experiencia, ya pasaron por situaciones similares, tienen criterios formados y, sobre todo, solo buscan “protegerles”. De ahí el término “sobreprotección”.

Porque, partiendo del supuesto (que en algunos excepcionales casos no es válido, pero en la mayoría de casos sí lo es) de que esos padres y esas madres aman a sus hijos, y en realidad desean lo mejor para ellos, resulta dolorosamente irónico que en ese amarles a través de “protegerles” de sus propios errores, sus posibles malas decisiones, las decepciones y los golpes que la vida inevitablemente les traerá, pero de los cuales podrán aprender y hacerse fuertes, lo que logran los padres sobreprotectores es hacer que sus hijos sean débiles, incapaces de enfrentar realidades dolorosas, emocionalmente dependientes, inseguros, carentes de confianza en sí mismos y en sus propias potencialidades. Pueden permanecer así, sicológicamente subdesarrollados, sometidos de por vida a las imposiciones, primero de padres y madres dominantes y, luego, de jefes y autoridades prepotentes, como ovejas fácilmente conducidas por un hábil demagogo. O pueden en algún momento rebelarse, llenos de resentimientos, y volverse seres amargados y violentos que hacen “bullying” a sus compañeros, golpean a sus mujeres y a sus hijos, y no tienen el menor escrúpulo cuando tienen la oportunidad de abusar del poder, robar fondos públicos, aceptar sobornos.

La misma terrible ironía se da en el nivel macro-social: al igual que muchos padres y madres, los demagogos autoritarios también creen que “protegen” a los pueblos sobre los cuales se encumbran, que sin su “protección” esos pueblos terminarán empobrecidos y miserables. Y el resultado termina siendo el mismo: la Rusia de Lenin y Stalin, la Cuba de los Castro, la Venezuela de Chávez y Maduro, la Corea del Norte de la dinastía Kim son lugares en los cuales, precisamente porque lograron establecerse en el poder aquellos “protectores”, los pueblos han sufrido, o sufren aún, el empobrecimiento y la miseria que ellos prometían evitarles.

Es en el hogar que se marcan las pautas más claras del desarrollo de todo ser humano, y mientras en muchos de los nuestros subsista la irónica voluntad de “amar” por la vía de la sobreprotección, seguiremos criando seres infelices y sometidos, y manteniendo la disfuncionalidad de nuestras sociedades.

jzalles@elcomercio.org