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24 de July de 2011 00:04

La economía iraní está viviendo una recuperación luego de haber aplicado políticas correctivas a fines del año pasado, cuyo éxito se basó en haber creado un amplio consenso en la sociedad sobre la necesidad de aplicar medidas que, a pesar de ser dolorosas, fueron aceptadas como necesarias. Tan mal estamos, que un país que sigue lapidando a las mujeres nos da una lección de cómo consensuar.

A fines de diciembre del 2010, el Presidente iraní anunció aumentos a los precios de los combustibles que, en términos generales, los multiplicaban por cinco. En los mismos días, en Bolivia se hacía algo similar.

Pero mientras que las protestas callejeras obligaron a Morales a retroceder, en Irán casi no hubo protestas y los enormes aumentos de precios continúan vigentes y han sido ampliamente aceptados como positivos.

En Irán un galón de gasolina costaba el equivalente a 40 centavos de dólar, es decir, un décimo de lo que cuesta en los mercados internacionales. Subsidios similares había en los demás combustibles. El resultado era el de siempre: contrabando, desperdicio, contaminación y un subsidio que beneficiaba a los más ricos.

Durante el año 2009, el gobierno difundió esta información y fue creando un ambiente propicio para la reforma. Luego, un año antes de aumentar los precios, el Parlamento aprobó una ley que dio el marco para reducir los subsidios y entregar dinero directamente a las familias pobres y de clase media. El dinero se empezó a repartir desde octubre del 2010 y recién en diciembre se incrementó el costo de los combustibles.

Aparentemente la población vio al sistema como algo justo, que permitía que todos salieran ganando. Y tienen razón, porque todos salieron ganando.

La idea es muy simple: si a una familia el gobierno le da un montón de gasolina a precios inferiores al mercado internacional, lo ideal sería que esa familia exporte parte de ese combustible y haga lo que le dé la gana con el dinero restante. Dado que es imposible que cada familia haga eso, el gobierno puede encargarse de vender la gasolina a precios internacionales y luego transferir a cada ciudadano una cierta cantidad de dinero.

Ese sistema se inventaron los iraníes y desde octubre el 80% de su población recibe transferencias directas del gobierno, financiadas con los ingresos adicionales por venta de combustibles. Eso ha limitado el desperdicio, ha reducido la contaminación y ha mejorado la distribución del ingreso, lo que ha incentivado el consumo. Esto está produciendo una importante recuperación económica.

Increíble que el país de los ayatolás nos pueda dar lecciones de cómo consensuar medidas sensatas, mientras que nosotros, aquí, buscando cómo empobrecer a los ricos, sobre todo si son dueños de periódicos.