Columnista Invitado

La ira del coloso

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Aura Lucía Mera
Tomado de El Espectador, Colombia


He dormido incontables noches en las faldas del Cotopaxi -“cuello de luna” en quichua-, ese gigante nevado que, cuando le da la gana, desnuda impúdicamente su esplendor y desafía los ojos de quien lo mira.

He visto atardeceres en los que sus nieves perpetuas se tiñen de rosa, cuando el sol se oculta detrás del Quilotoa, otro coloso cuyo cráter turquesa a más de 4 000 metros recuerda al visitante la potencia de su última erupción, lanzando sus rayos dorados que también dan las buenas noches a las Ilinizas, cumbres mellizas que conversan con el coloso a través de los valles de Lasso y Latacunga.

También lo he visto cuando la luna llena se detiene en el cénit de su cráter, como una hostia que reposa encima del copón sagrado, iluminando su manto blanco de plata, acompañado de miles de estrellas que le rinden tributo. Muchas veces pasan cometas veloces como ráfagas de luz, así como caen lluvias luminosas en noches privilegiadas que se quedan grabadas en la retina como una huella imborrable del poder de la Tierra.

He subido hasta su refugio casi a 5 000 metros, un recorrido sobre arena volcánica, silenciosa y gris, que al fin se encuentra con la capa helada y blanca.

Sobrecoge el silencio -ese silencio sin oxígeno, poderoso, distante, donde los seres humanos dejamos las ínfulas y volvemos a ser pigmeos impotentes ante la fuerza del planeta-.

He caminado por el Limpiopungo, el valle que antecede la cumbre, poblado por manadas de caballos salvajes que galopan indómitos y beben el agua de un lago misterioso surcado por flores diminutas, musgos y pasto paramuno.

Lo miro y lo amo desde San Agustín de Callo, esa hacienda de muros incaicos que ha resistido erupciones durante siglos sin que se mueva una sola piedra. Desde los ventanales, cuando se destapa, parece un cono de vainilla al alcance de la mano.

El Cotopaxi se une a la furia del planeta. Acompaña, desde su altura que casi toca el cielo, a los huracanes, los terremotos y las mareas altas en protesta contra los humanos, que somos los más depredadores de sus hijos y que lo estamos exprimiendo, contaminando, envenenando sin piedad.

Nos hemos creído seres superiores, amos del universo, pero la Tierra no se dejará doblegar y los que estamos destinados a desaparecer somos nosotros, animales desalmados que hemos jugado a la ruleta rusa sin saber que el tiro de gracia es para nosotros.

Así como un asteroide desapareció a los dinosaurios, seremos los próximos. Somos los intocables que sucumbimos ante el becerro de oro, creyendo en el oro, en el capitalismo desenfrenado que irrespeta todo, que no tiene límites. Un cuarto de humanidad que deja morir de hambre al resto sin que se le mueva un pelo, que extermina campos, llena el aire con tóxicos... La Pachamama no se rendirá.

El Cotopaxi está cumpliendo su deber al unirse a la ira de la Tierra, respaldando así a los cíclopes y al airado Poseidón.