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La vorágine de lodo y podredumbre que envuelve al país no nos permite ver los problemas más graves que aquejan a nuestra sociedad. Los escándalos políticos, la corrupción, la ingobernabilidad, las acusaciones, imputaciones y agravios, las persecuciones, amenazas, atentados, copan la atención de la mayoría de la población, de los medios de comunicación y, por supuesto, del Estado, pero ¿qué está sucediendo al interior de ese cuerpo deformado y afeado, sembrado de llagas y pústulas en que se ha convertido el Ecuador?

Más allá de los problemas citados, que son graves ciertamente y que nos mantienen preocupados y alterados, el mayor interés de todos debería centrarse en la gente, en su bienestar, salud, educación, felicidad, en sus derechos...

Y en el primer lugar de atención deberían estar los niños. Allí, entre ellos se dan hechos abominables que no son el resultado del infortunio o de casos aislados, sino el reflejo del nivel de descomposición social a la que hemos llegado: niños violados en las escuelas, niñas abusadas por gente de su entorno cercano, amistades o familiares; niños envueltos en el mundo de las drogas, niñas secuestradas por redes de trata de personas para prostituirlas o usarlas en videos pornográficos. Niños y niñas asesinados.

Pero no solo se trata de actos claramente delincuenciales, perversos o execrables de bandas organizadas o individuos degenerados, sino también de todos los demás que nos convertimos en autores, cómplices o encubridores de actos como el embarazo de menores de edad, en la mayoría de casos por violaciones que terminan en abortos clandestinos en los que también muere la madre, o los partos de estas pequeñas inocentes que ni siquiera son registrados o conocidos en el país.

El portal Wambra, que investiga los casos de niñas menores de edad embarazadas, informa: “Según datos del INEC, 17.448 niñas menores de catorce años parieron en Ecuador entre 2009 y 2016, esto equivale a 2.181 niñas cada año forzadas a la maternidad, todas víctimas de violencia sexual, pero no registradas como tales, lo que les impide acceder a atención, reparación y justicia. Su ocultamiento opera en todas las instancias del Estado y la sociedad. Son miles, pero nadie las mira.”

Hagámonos todos esta pregunta: ¿Hacia dónde estamos mirando?

Las respuestas, sin duda, nos llevarán al lodazal de la política, al estercolero que dejó el desgobierno de la última década, a los miles de millones de dólares robados; pero casi nadie está mirando hacia los niños y niñas abusados, violados, golpeados; casi nadie está mirando a otras niñas como Emilia Benavides, pequeñas inocentes que caminan por nuestras calles junto a algún desconocido que tiene intenciones de secuestrarlas, violarlas o matarlas; casi nadie sabe siquiera que hay miles de niñas que fueron forzadas sexualmente y que hoy son madres, o están muertas junto a sus crías. Casi nadie las ve porque para la gran mayoría esos niños y esas niñas se han vuelto invisibles.

ovela@elcomercio.org