Manuel Terán

Intermitencia

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A la luz de los acontecimientos actuales se puede afirmar que la historia está llena de hechos, que a la manera de un espiral sin fin se repiten con las características propias de su época,pero manteniéndose en lo sustancial, sin que difieran mayormente de lo que tiempo atrás se experimentó.

En la década de los setenta, los bancos y organismos internacionales colocaban dinero a manos llenas en los países en desarrollo. Prestaban recursos a los gobiernos para que invirtieran directamente en obras de infraestructura. Ante la abundancia de la oferta, muchos países latinoamericanos se endeudaron de manera agresiva y experimentaron un considerable crecimiento que les permitió dar un gran salto de modernidad. Apoyados por un alza de los precios del crudo y otros productos, tomaron créditos convencidos que la bonanza no iba a terminar. Pero se agotó. La década de los ochenta les encontró sobreendeudados, con el precio de las materias primas de exportación por los suelos, enfrentando enormes problemas para atender sus obligaciones. Vinieron los tiempos del ajuste y la inestabilidad política en varios sitios de la región.

A sabiendas de lo acontecido, los organismos de crédito internacional cerraron las llaves y decidieron que no se prestaría más a los gobiernos. Las obras de infraestructura, si querían realizarse, debía hacérselo con la participación de la inversión privada. Se cambiaron los marcos regulatorios internos y se desarrolló una normativa que permitiese a la iniciativa de los particulares incurrir en negocios que anteriormente estaban reservados únicamente para los Estados. Así se construyeron carreteras, autopistas, refinerías, oleoductos y tantas otras obras mediante contratos de concesión en los que el Estado ya no aportaba capitales.

Esta parecía la manera en que continuaría desarrollándose la ejecución de obras de envergadura en la región. Pero apareció un nuevo actor. China experimentaba un crecimiento imparable. El gigante asiático empezó a demandar materias primas que exigía el crecimiento de su economía, elevándose ostensiblemente el valor de estas. Adicionalmente, deseaba ampliar su área de influencia, y con el enorme ahorro generado por su activa participación en el comercio mundial, empezó a dar créditos a los Estados asegurándose de paso la intervención de sus empresas en la construcción de las obras. Fue la gloria para aquellos políticos que siempre desconfiaron de la iniciativa privada.

Pero el paraíso redescubierto otra vez se esfumó. Cayeron los precios de los bienes primarios de exportación y los ingresos de los países apenas alcanzan para servir la deuda contratada. Como buen prestamista, la banca china analiza la capacidad de pago de sus clientes, en este caso los Estados; y ante la presencia de dificultades económicas en muchos de ellos, ha endurecido su política de préstamos. Nuevamente en el comienzo. A tratar de encontrar recursos, aun cuando sea a condiciones excesivamente onerosas.

Cuantos malestares se habrían ahorrado si los dogmas no hubieran impedido ver por dónde se encamina el mundo.