Juan Valdano

Interculturalidad y Sumak Kawsay

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Al igual que otros saludables principios que, en su momento, fueron reconocidos en la Constitución de Montecristi (2008), la afirmación de que el Ecuador es un Estado intercultural y plurinacional (art. 1) no ha pasado de ser mera declaración retórica. El incluir tal disposición en la Carta Magna fue un paso adelante en la historia constitucional del Ecuador. La interculturalidad alude a los derechos colectivos que asisten a los pueblos originarios y más grupos étnicos que ancestral o recientemente habitan en calidad de minorías en un mismo territorio. Han transcurrido algunos años desde la promulgación de la ley y, sin embargo, este principio, imprescindible en toda política de cultura, no ha sido promovido a través de propuestas concretas.

La mayoría de los países del mundo son plurinacionales y plurilingües y en muchos de ellos se han diseñado mecanismos encaminados a vivir la interculturalidad al interior de sus pueblos como algo positivo. La interculturalidad implica un proceso de comunicación entre personas y grupos con identidades diferentes; un diálogo con el otro en un plano de igualdad; una relación de respeto a la diversidad y un deseo de mutuo enriquecimiento con el intercambio de saberes y experiencias.

La interculturalidad afirma un humanismo de reencuentro y convivencia pacífica, la voluntad de una efectiva integración. El diálogo intercultural parte de la circunstancia de que ninguno de los grupos está por encima del otro, condición de equidad que posibilita la convivencia armónica, la solidaridad mutua, la conciliación de las diferencias, la integración entre individuos y pueblos y la conciencia de que la diversidad de formas de vida es fuente de la riqueza cultural de un país y principio de cohesión interna de una nación.

Uno de los fundamentos de la cosmovisión de los pueblos andinos es la idea del Sumak Kawsay o Buen Vivir. Este es un planteamiento que se aparta del concepto de desarrollo humano tal como lo entienden las teorías sociales de Occidente. El Sumak Kawsay recupera la idea de la vida como principio de la economía y de la naturaleza como sustento de la comunidad, ámbito de la experiencia espiritual, espacio de la memoria y la tradición. Idea respetable que suena a idílica utopía. Lo que suena a estridente realidad es, en cambio, las incongruencias de un gobierno que, por un lado proclama el Buen Vivir y, por otro, emprende en proyectos que groseramente contradicen los principios que tal expresión conllevan, como es la explotación petrolera en el bosque primario del Yasuní.

La buena semilla sembrada en Montecristi no ha dado aún sus frutos. Es lamentable reconocer que ni interculturalidad ni Sumak Kawsay serán posibles si se las propugna únicamente como un eslogan publicitario y, en la práctica, se las niega cuando se ejecutan proyectos extractivos que atentan contra la naturaleza y la integridad de los pueblos originarios que viven en aislamiento voluntario y que dependen de ella.