Jorje H. Zalles

Integridad

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Cuando llamamos “íntegra” a una persona, nos referimos con mucha frecuencia a su honestidad, en especial con la propiedad ajena, privada o pública. Esta es, sin duda, una virtud esencial, que hace confiable a la persona. En su origen en latín, la palabra se refiere a “totalidad”, como en “el embarque llegó integro” o sin pérdidas, de donde derivó la idea de “no tocado por el mal.” Erich Fromm describe como “integridad sicológica” la condición de total coherencia interior en virtud de la cual una persona actúa de la misma manera –es igualmente amable, cortés, considerada, respetuosa- con todos, con los poderosos y los humildes, los fuertes y los débiles.

Dos cualidades adicionales de la persona íntegra, cómo yo la entiendo, merecen ser resaltadas en estas épocas en que nuestras sociedades vienen enfrentando un terrible embate de irresponsable populismo autoritario y, en paralelo, de colosal corrupción. La primera cualidad es la honestidad intelectual: una persona íntegra, como yo la concibo, es capaz de reconocer que cometió errores y, por ello, de aceptar que ideas que defendió en el pasado no necesariamente son válidas, y que ideas que combatió en el pasado pueden tener validez. Un ejemplo notable es el de Deng Xiaoping, máximo dirigente de la China comunista quien a partir de 1978, en contra de la ortodoxia marxista-leninista que había defendido durante toda su vida adulta, abrió la economía de su país a la inversión extranjera, al libre emprendimiento privado y a la privatización de empresas estatales, generando el extraordinario crecimiento de la economía china y la enorme mejoría de los estándares de vida de su población que han constituido el fenómeno socio-económico más notable de las últimas décadas. En doloroso contraste, los jerarcas norcoreanos, cubanos y venezolanos continúan aferrados a ideas que según abrumadora evidencia son equivocadas, condenando a sus pueblos a espantosa miseria por elemental falta de honestidad intelectual.

La segunda cualidad que merece ser resaltada es la humildad: una persona íntegra, como yo la concibo, no aspira a más de lo que necesita, y no necesita ni opulencia, ni adulación, ni poder ilimitado. Al contrario, rechaza para sí condiciones de boato, ostentaciones, la generación de un culto a su persona, la idea de que es infalible, que tiene todas las respuestas, o que es imprescindible. Ejemplos notables en el Ecuador contemporáneo han sido los ex Presidentes ya fallecidos Galo Plaza y Sixto Duran Ballén, y los ex Presidentes Osvaldo Hurtado y Rodrigo Borja, quienes aún están entre nosotros, hombres que tuvieron el poder en sus manos, y luego dejaron de tenerlo, sin pretensiones ni ostentaciones. Y en doloroso contraste, vemos a tanto y tanto jerarca y ex jerarca, en todo el continente, lleno de soberbia.

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