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Insultar proviene de ‘saltar’ y significa, etimológicamente, ‘saltar contra alguno’. Se define como ‘ofender, provocando a alguien e irritándolo con palabras o acciones’. Insulto es ‘hecho o dicho contra razón e injusto’.

Insultar es herir y ofender, dar un salto torpe contra el otro. Y no creo haber asistido a insultos más tristes y envidiosos, a palabras más llenas de inquina y mal sabor que las que traeré aquí; sepamos antes, que durante los diez años transcurridos entre la publicación de la primera y la segunda parte del Quijote, Cervantes asistió al éxito de su libro y a la publicación de una segunda parte apócrifa, trazada por un tal Avellaneda.

¡Pobre Alonso Fernández de Avellaneda!, falso escritor de nombre falso, que escribe en 1614 un falso Segundo tomo del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, con un pie de imprenta fingido, como fingido es el dato de la ciudad de edición de su obra, que pasó a llamarse, para su oprobio, el Quijote de Avellaneda. El primer imitador de Cervantes, no contento con inventar su ‘segunda parte’ para desacreditar la primera de don Miguel, insultó al genial español burlándose de él en el prólogo de su falsa porción; al referirse a las relaciones que ‘a su mano’ llegaren; “y digo mano’, sigue Avellaneda, ‘porque Cervantes confiesa de sí que tiene sola una’. Y continúa, “hemos de decir de él que como soldado tan viejo en años cuanto mozo en bríos, tiene más lengua que manos”. Como no bastan estas injurias sobre la pérdida de una mano y la edad de Cervantes, Avellaneda añade torpemente: “Cervantes es ya de viejo como el castillo de san Cervantes”, (entonces, en ruinas).

Cervantes, contra tan torpes injurias, comenta que no estuvo en él detener el tiempo y que no se escribe con las canas, sino con el entendimiento, ‘el cual suele mejorar con los años”. A la mostrenca anotación contra su condición de manco, contesta que se precia de ella como “nacida en la más alta ocasión que esperan ver los siglos, la gloriosa Batalla de Lepanto” donde quedó manco de la mano izquierda. Y añade que prefiere haberse hallado “en aquella batalla prodigiosa, antes que verse sano de sus heridas sin haber estado en ella”.

Por si esto fuese poco, quienes conocen al detalle estas circunstancias afirman que, sin el estímulo proveído por la falsa segunda parte avellanedesca, Cervantes no hubiera acabado la suya, la real, abandonada durante años.

A Avellaneda le salió el tiro por la culata: es factible que el estímulo de su estupidez insultadora haya sido el origen de la redacción de la hermosísima segunda parte del Quijote, en la cual su autor deja bien muerto a su héroe para que, real y verdaderamente, yazga tendido de largo a largo, a que no pueda hacer nueva salida y ‘nadie se atreva a despertarlo’… Castigo merecido contra el envidioso insultador. Y termina Cervantes: “Castíguele su pecado, con su pan se lo coma y allá se lo haya”.
Sí, allá se lo haya, ¡pobre insultador!: arrégleselas solo con su propia desgracia…

scordero@elcomercio.org