Julio Echeverría

Inseguridad

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26 de June de 2011 00:07

Los crímenes que suceden a nuestro alrededor cada vez con más frecuencia, cada vez con más ensañamiento y cada vez más cerca, están generando una sensación de alarma e incertidumbre que afecta crecientemente el sentido de pertenencia y de convivencia social. Primero fue el temor a salir a la calle. Ahora, a que el propio hogar pueda resultar el escenario de la violencia delincuencial e incluso la muerte.

En efecto, el fenómeno delincuencial se ha complejizado enormemente; ya no es solamente el pequeño robo, o el esporádico asesinato; ahora esta dimensión de la violencia ha sido penetrada por el llamado ‘crimen organizado’, por bandas y mafias de alto poder. Frente a esta situación, el ciudadano se pregunta: ¿por qué me siento en la indefensión, dónde está la Policía que debería protegerme? Pero el problema de la inseguridad no puede reducirse al incremento ilimitado de la respuesta policial.

La pregunta fundamental en esta situación de inseguridad es: ¿cómo es posible que miembros de una misma comunidad (gente de la misma ciudad, con la que se comparte el bus, con la que se vota en las elecciones) opte por el delito, e incluso el asesinato, como un mecanismo de supervivencia?

Un primer nivel de respuesta a esta problemática está indudablemente en la economía: la falta de empleo y el bajo rendimiento de las economías de subsistencia, contrastan con la ‘facilidad’ para hacerse de altos beneficios a través de la delincuencia. Por detrás de esta realidad, está no solamente un débil sentido de pertenencia a la sociedad, (si la sociedad no se ocupa de mis problemas, ¿por qué yo debería interesarme por la sociedad?); la lógica de una economía que gasta dispendiosamente, sin generar efectivas condiciones de ocupación y empleabilidad.

Este problema de cohesión social está vinculado a la incapacidad del Estado, de la institución policial para ejercer el “monopolio del uso de la fuerza legítima”; pero también debilidad del sistema de justicia para investigar el delito y sancionarlo. La sensación de impunidad es un incentivo para quienes optan por el delito como forma de vida.

A estos dos factores se suma un tercero: la disfuncionalidad del sistema de rehabilitación social. Al enfatizar en respuestas punitivas, desbordamos la capacidad de las cárceles, generamos condiciones para la violación de los derechos de los privados de libertad y no brindamos condiciones para que estas personas efectivamente se rehabiliten y rompan el ciclo de la violencia y la conducta delincuencial.

Hace falta un cambio de enfoque, que aborde integralmente estos tres niveles de complejidad (la preventiva, la punitiva y la de rehabilitación) para retomar la iniciativa en contra de la delincuencia. Eso, o esperar a cuando nos toque a nosotros…