Abelardo Pachano

Inquietudes nacionales

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1. ¿La estabilización del precio del petróleo de estas semanas puede hacer pensar que lo peor ha pasado, como dijo el Presidente?

Esta semana volvió a caer. El WTI retrocedió de 64 dólares a 53 dólares. Significa un desplome del 17%. Es por supuesto una mala noticia, pero se inscribe en el rango de variación considerado posible por las condiciones de producción de los nuevos campos de esquistos bituminosos.

Las condiciones tecnológicas de estos nuevos campos permiten incorporarlos o sacarlos de producción rápidamente si los costos resultan convenientes o inconvenientes (según sea el caso) frente a los precios de mercado, afectando la oferta mundial con relativa facilidad. Ahora se sabe que últimamente se pusieron operativas muchas torres de producción que estaban paradas. El efecto, sumado a la incertidumbre sobre la fortaleza, o si se quiere debilidad, de la economía china cuya demanda de hidrocarburos es una de las más altas del mundo, ha llevado otra vez al deterioro de su precio.

2. ¿Cuánto abonan al tema del precio del crudo los acuerdos nucleares con Irán?

La negociación sigue su largo y complejo proceso. Todavía no se esclarecen dos temas: el levantamiento de las sanciones y el aumento de la producción petrolera. Irán sostiene su inmediata aplicación, mientras el Grupo 5+1 plantea hacerlo de forma gradual conforme se evidencien ciertos cumplimientos críticos o vitales. Dicho esto, está claro que mientras no finalice este proceso no hay un efecto directo que pueda ser imputado. Es posible que en el mercado existan expectativas que colaboren con la caída última del precio, pero son solo eso.

3. ¿Qué impactos pueden tener los sucesos de Grecia si no llega a un acuerdo este fin de semana con el Eurogrupo. Peligra la
estabilidad del euro?

Es un tema de enorme complejidad, especialmente porque si acontece, sería la primera vez que un país de la eurozona sale y lo hace de forma desordenada. De las últimas informaciones disponibles parecería ser que no ocurrirá. Aparentemente, el Gobierno griego realizó un planteamiento que podría conciliar los tres pilares de la solución: austeridad con reestructuración económica adecuada de 12 000 millones de euros; apoyo financiero internacional de 53 500 millones de euros para un plan de tres años (tercer rescate); y, posiblemente más adelante se podrá plantear un segundo descuento –alivio- de la deuda actual (ya hubo uno anterior voluntario de casi
100 000 millones de euros).

De no ocurrir lo dicho, el desacuerdo no significa necesariamente una crisis del euro. Habrá daños colaterales considerados asumibles. Las bolsas de valores lo sienten. Grecia representa el 2% del Eurogrupo. Su deuda de 320 000 millones de euros (casi la misma del 2010 es el 3,5% del PIB del Grupo) está concentrada fundamentalmente en instituciones oficiales (Banco Central Europeo -BCE- y principales países miembros del grupo). Es de muy largo plazo e interés subsidiado. Apenas el 10% constituye obligaciones con la banca internacional.

El problema griego sí es serio. La posible salida del euro traería daños de dimensiones catastróficas en todo tipo de actividades. Lo que es peor, no resolverá el problema sobre el cual ha girado el desentendimiento con el Eurogrupo: la denostada austeridad.
Sin el apoyo europeo, cerradas las líneas de crédito del BCE, no habrá posibilidad de levantar el feriado bancario ni el control de capitales durante un lapso considerable. Los depositantes griegos ya sacaron 100 000 millones de euros de sus cuentas bancarias. El saldo que queda es 150 000 millones y la liquidez es de apenas 8 000 millones de euros.

La banca griega podría llegar a la insolvencia de inmediato por la pérdida de valor de su cartera y garantías (muchas en poder del BCE), incluso mientras se mantienen congelados los depósitos. Aún más, si deciden crear su propia moneda, habrá una devaluación frente al euro que puede llegar al 40%. Obviamente, resurgirá la inflación y con el impacto de estos dos efectos, las pensiones y sueldos tendrán un daño muy importante.

Aumentará el desempleo como resultante de la quiebra de empresas. Deberán cambiarse los contratos internos a la nueva moneda. En fin, ponerse en marcha todo un largo y doloroso proceso de readecuación legal e institucional.

En ese ambiente, la necesidad de aplicar un plan de austeridad es inevitable. La moratoria de la deuda daña más su limitado y único acceso al crédito internacional. Obtiene alivio de corto plazo pero a un costo enorme. El perfil de pagos llega al año 2050 y la tasa de interés en muchos casos no pasa del 1%. Importa decir que hasta el año 2014 Grecia no pagó en términos netos un solo euro en intereses. Recibió créditos subsidiados para cubrirlos. Desde el año 1998 hasta el 2007 el PIB per cápita griego creció al 3,8% anual. La segunda tasa más alta de Europa. Pero, para conseguirla, en ese año gastó el 14% por encima del PIB.

Entonces, el problema griego responde a un descontrol fiscal de muchos años que no puede mantenerse, pues le llegó la hora de la verdad. Debe vivir de lo que tiene. Así paga el populismo. Tsipras regresó de Rusia con las manos vacías. China no demuestra interés. Solo queda aplicar una política de autocontrol y aquello demanda disciplina. Su despilfarro fiscal le llevó a un excesivo endeudamiento que fue reprogramado por los europeos en los dos rescates anteriores. Hay que hacerlo nuevamente en un ambiente que asegure crecimiento estable. Pero el presupuesto sigue con dificultades. Gasta el 75% en pensiones, salarios y beneficios.

Si el Gobierno tiene sensatez debe acordar con Europa. Es lo único que tiene y le conviene. Bajo ese paraguas hay esperanza.