27 de March de 2011 00:00

Injerencia humanitaria

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Rodrigo Borja

Impulsados por la dinámica de la sociedad contemporánea están en proceso de formación los nuevos derechos humanos: el derecho a la paz, al medio ambiente sano, a la injerencia humanitaria y a la planificación familiar. Derechos de la tercera generación que se juntan a los tradicionales derechos civiles y políticos, fruto de las revoluciones inglesa, norteamericana y francesa del siglo XVIII, y a los derechos económicos y sociales que nacieron de la revolución industrial y del pensamiento socialista del siglo XX. La característica fundamental de los nuevos derechos es que se extienden más allá de las fronteras nacionales —forman parte del proceso de internacionalización de los derechos humanos—, por lo que su defensa tiene que hacerse mediante concertadas acciones transnacionales.

La injerencia humanitaria protege a las víctimas inocentes de conflictos armados, convulsiones sociales y destrucción de las garantías civiles y políticas en un país.

Este derecho empezó a tomar cuerpo con la resolución del Consejo de Seguridad de las NNUU el 5 de abril de 1991, que autorizó el envío de una fuerza militar internacional a Irak para proteger a los 2,5 millones de kurdos golpeados con armas químicas por el gobierno de Saddam Hussein. En un discurso pronunciado en ese año, el presidente François Mitterrand, al referirse al tema, habló del “deber de injerencia en el interior de un país cuando una parte de la población es víctima de persecución”. Por cierto, esa acción nada tuvo que ver con la invasión anglo-norteamericana del 2003. Luego vinieron los casos de Somalia, Haití, Congo, Yugoeslavia, Sudán y Ruanda, donde desaparecieron la ley y las condiciones básicas de la convivencia social por la encarnizada lucha entre grupos o tribus por causas políticas, étnicas o religiosas, en que murieron centenares de miles de personas inocentes a lo largo de varios años de masacres. Fueron necesarios los "cascos azules" de la ONU para restaurar el orden y los derechos humanos puesto que no había posibilidad endógena de arreglo. Alguien debía detener la sangría. Y, con todos sus defectos y limitaciones, no podía ser más que la comunidad internacional.

Estos conceptos los escribí en mi Enciclopedia, no ahora, sino hace 8 años, cuando no se soñaba siquiera en el problema de Libia.

Gadafi —el sanguinario sátrapa, fanático religioso y ladrón monumental, que mandó derribar un Boeing 747 con sus 259 pasajeros— ha causado miles de muertos y desplazados que pedían fin a sus 42 años de gobierno. Las NNUU decidieron —con el apoyo indirecto de Rusia y China— frenar al autócrata. Tuve con él un desagradable incidente en la "9ª Cumbre de los Países no Alineados" en Belgrado, septiembre 89, por haber dicho que veía síntomas de descomposición y colapso en la Unión Soviética. El déspota reaccionó iracundo. Y vino el choque de palabras.

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