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Por teléfono, una voz femenina, de tono pausado y discreto, no daba muestras de asumir el asombro y extrañeza que me causaban sus preguntas: -¿Todavía existe la che?; ¿desde cuándo la elle y la ye son una sola letra?; ¿la erre existe? Tal cual. No era la voz de una niña de primaria, sino la de una comunicadora de un canal de televisión que me transmitía inquietudes de varios de sus colegas que acordaron llamar a la Academia, para solventar sus dudas. Todos, ecuatorianos; todos, bachilleres; algunos, periodistas en pleno ejercicio… No se trataba de una broma: me hacían estas preguntas absolutamente en serio. Yo contenía mi sorpresa y mi angustia, para procurar entender mejor desde qué entendimiento de la lengua, a partir de qué nociones surgían estos asombrosos, elementales escrúpulos, aceptables solo en el caso de que se tratara de niños o de iletrados que añadían a su ignorancia, total incapacidad de reflexión.

Eliminé de mi respuesta la palabra ‘dígrafos’, e intenté demostrar que la che y la elle existen y existirán mientras exista nuestra lengua; ¿no habían oído, comido ni comprado chochos y chirimoyas? ¿Nunca escribieron ni leyeron chusco, chusma, achaque?… Existe la che, aunque desde hace más de veinte años dejó –infelizmente, por lo visto- de tener capítulo aparte en nuestro diccionario oficial y los vocablos que empiezan con che se registranen el correspondiente a la c, luego de palabras que empiezan con ce y antes de las que comienzan con ci ¿Comprendieron? ¿Podrán aplicarlo? ¿Qué
nivel de lengua tienen estos comunicadores, y qué capacidad de reflexión, que no pudieron recordar palabras, pronunciarlas, preguntarse a sí mismos y responder correctamente, como habría podido hacerlo un niño de 10 años de una escuela medianamente exigente? En cuanto a la confusión, estrictamente fonética, entre la elle y la ye, esgrimí varios ejemplos: ­llover, llanto, yema; ya yo les llevo la llave; ‘conté’ que la elle ocupa sitio en el diccionario, dentro del capítulo de la ele, entre li y lo. ¿Y la erre? No existe doble ere inicial, solo la encontrarán en medio de palabras, entre vocales: contrarrevolución, horroroso, arrimar, herradura, aunque la ere inicial se pronuncia /erre/: Raro y ridículo rubio roza la rama del aromo. (No les di este ejemplo: queda para usted y ellos, por si acaso).

Quiero creer que estos comunicadores son una excepción; que los demás conocen más que rudimentariamente, nuestra lengua. Que estas inquietudes no son usuales entre personas que pasaron por una facultad de comunicación, aunque deba agradecer que, al menos, se hayan preocupado por resolver sus dudas. Porque el nivel de ignorancia, de desidia, de indiferencia por el dominio del idioma convierte, y lo digo con enorme pena,
a un alto, altísimo número de nuestros universitarios y ‘profesionales’, en analfabetos respecto del único conocimiento que es base de todos los demás, de
todas las ciencias y nociones posibles: el de su lengua.

scordero@elcomercio.org