14 de May de 2010 00:00

El inicio de la pachanga

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Juan Esteban Guarderas

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El lunes fue un día rosado en las bolsas de valores, no cualquier tipo de rosado; el color del lunes fue rosado neón fosforescente. El domingo, los líderes europeos decidieron que ya estaban hartos de tanto caos, de tanto cuestionamiento de la validez de la moneda única, y de los nervios que orbitaban en torno de los países sobreendeudados.

Decidieron movilizar un plan de rescate mastodonte, de 750 mil millones de euros, que asegurará a todos los acreedores que los países sureños de Europa (id est: Grecia, España, Portugal, Italia ') no harán default. En consecuencia las bolsas hicieron gala de su conocida exuberancia emocional. En Francia el CAC-40 aumentó 9.7%, 14% el IBEX 35 español, 5.2% el FTSE británico, 3.9% el DJIA americano. Hasta el modesto Athex griego aumentó 9.3%.

A pesar de toda la alegría y el alivio, hay un asunto clave, que no parece interesar mayormente. El Tratado de Maastricht, que contiene las normas fundamentales para la existencia del euro, prohibía este tipo de rescates.

¿Dónde queda entonces el imperio de la ley en la UE? Buena pregunta. Durante muchísimo tiempo los miembros de la organización veían las normas comunitarias como de sacrosanto cumplimiento. Uno de los legados históricos que esta crisis puede dejar, es el fuerte debilitamiento en las bases del sistema europeo. Pero más allá de la nostalgia por la pureza perdida se crea un grave problema de riesgo moral entre los miembros.

La moneda única multiplicó el entrelazamiento de los sistemas financieros de los países. Al punto que el riesgo de contagio de la crisis de Grecia, que apenas representa una cuarentava parte de la economía europea, amenazaba gravemente al bloque. Como señala Stephen Fidler del Wall Street Journal, ese contexto hizo que las economías relativamente pequeñas sean elevadas a la categoría de “too big to fail”.

Como los países saben ahora que las normas de Maastrich no se aplicarán con inmaculado rigor, pueden excederse en su gasto público esperando que con ellos también se haga una excepción. Si las pequeñas economías son tan importantes que no se las dejará caer, aunque ello cueste la legalidad del sistema, ¿qué le frena a un grande, como Francia o Alemania de endeudarse hasta el cogote, sabiendo que de todas maneras serán rescatados?

Casi literaria la paradoja que estamos viendo: para proteger al euro, la organización debilita al mecanismo que lo protegía, amenazando su futuro. Puede ser el inicio de una pachanga de gasto y deuda de los países miembro. Salvo que la organización reaccione y afile los dientes de las normas de control. Claro, queda aparte la cuestión ética, que hará que el próximo miembro en crisis cuestione, ¿por qué no rompen normas para salvarme a mí también?

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