Benjamín Fernández

La ingratitud y la soledad

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5 de March de 2014 00:02

Afirman que la gratitud es la cortesía del corazón. Y talvez no haya soledad mayor que aquel que ante la injusticia y el oprobio no recibe el apoyo que debería en los momentos fundacionales de la lucha por la libertad y la democracia que se libra hoy en las calles de Venezuela. Ahí mismo donde un descorazonado Bolívar había afirmado se sentía como si "...hubiera arado en el mar" en la construcción de un espacio común que perteneciera a cada latinoamericano como propio.

Hoy las voces destempladas gritan en contra de quienes muestran con coraje y valentía su solidaridad con el pueblo venezolano. El presidente Maduro, quien como canciller de Chávez en 2012,en la crisis paraguaya, intentó soliviantar a las Fuerzas Armadas de esa nación, pega el grito al cielo ante cualquier condena a la que llama de forma cínica "imperdonable injerencia en asuntos internos". Corta y flaca memoria por un lado y clara muestra de incoherencia por el otro. Hoy no quieren que sea la OEA escenario para discutir sobre la violación de derechos humanos, detenciones de líderes políticos y buscan afanosamente que sea un "territorio amigo" como la Unasur donde se expresen los lugares comunes de los tibios y cómplices que hablan hoy de "buscar pacificar los espíritus y retornar al diálogo" como si no hubieran muertes, heridos, sangres e injusticia desparramados por todo ese país. "Vomitaré a los tibios…" podría ser hoy la cita bíblica de muchos de nuestros líderes siempre dados a referencias de este tipo mezcladas con amenazas e imprecaciones de todo tipo.

Pero hoy somos todos Venezuela y le debemos apoyo al corajudo pueblo que sigue buscando afanosamente su libertad secuestrada por un Gobierno que cree que ser demócrata solo implica cumplir las formalidades del sistema pero no vivir sus valores. Esta es una prueba de cuán comprometidos se encuentran con la democracia o cual es el verdadero rostro de un Gobierno que cree falsamente que los mandatos electorales son eternos y no revisables por el pueblo que los votó. Bolívar, si estuviera vivo, miraría con pena y dolor lo que han hecho en su nombre y talvez estaría más solo que cuando acabó sus días en Colombia.

Requerimos en la memoria de su nombre una nación que cumpla los principios y los valores democráticos y no un Gobierno que proclama cosas de contramano con la realidad. Los jóvenes venezolanos no se merecen la soledad y el desprecio de millones de latinoamericanos que han hecho de la búsqueda de la justicia y la libertad las razones de su existencia.

Yo no alcanzan los discursos grandilocuentes y vacíos. Hoy la democracia reclama contenidos ciertos y sólidos. El poder político se evapora cuando la realidad le devuelve al gobernante la imagen de su propia incompetencia, venalidad y corrupción... sangrienta y por sobre todo condenable siempre.