24 de December de 2010 00:00

Inequidad y violencia

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Abelardo Pachano

Los indicadores sociales del país no demuestran mejoría. Van ya cuatro años de Gobierno y los resultados son insatisfactorios. La pobreza está ahí, estancada. El Gobierno dice que algo ha mejorado, pero lo cierto es que dejó de corregirse como venía ocurriendo en gestiones políticas y económicas anteriores, carentes de recursos, pero centradas en la conjunción de incentivos delineados a favor de las actividades privadas, con el concurso de un Estado, con limitaciones, pero buscando optimizar su escasez.

Vuelven a la palestra los cuestionamientos a la política económica. Creer que el Estado suple a las actividades privadas y hay como prescindir de ellas confirma las advertencias hechas: por esta vía no se llega al cielo. El bienestar es una quimera. Renace con fuerza la posición de un manejo responsable, estable.

El desempleo también oscilando en niveles incompatibles con la abundancia de dinero disponible por parte del Gobierno. Con una población económica que no crece por razones desconocidas y por lo cual oculta la real dimensión del problema. Pero nadie explica con fundamentos este hecho. En la estadística no asoman más de 400 000 ecuatorianos que de pronto dejaron de existir.

Y por esta vía de angustia social hay una causa para la insurgencia de tanta violencia. Por supuesto no es la única, pero influye. Pobreza y desempleo son dos caldos de cultivo de la descomposición en la cual vivimos. Se suman la desarticulación institucional pública, la visión protectora de los derechos de los delincuentes, la ausencia de una justicia confiable, eficiente y justa, la despenalización de ciertos actos delictivos, la eliminación de visas, el manipuleo abusivo de las reformas al código penal, el miedo de la gente a denunciar los hechos.

Y de esta etapa ya compleja, desconocida por la sociedad pues no hay antecedentes históricos, hay solo un paso para que un grupo, o varios, de seres humanos sin futuro, admitan explícitamente que no tienen nada que perder y decidan enrolarse en ejércitos de la violencia, muerte, desafiando a la sociedad y todos los cimientos sobre los cuales se establecieron normas de convivencia pacífica.

Ahí las cosas se vuelven casi inmanejables. La solución, si la hay, es dolorosa, lenta, compleja. Con dilemas que rayan en el retorno a la ley de la selva. El norte de México es un ejemplo de esta realidad lacerante. El asesinato sin piedad ni miramiento alguno. Niños en armas. Jóvenes y maduros con la muerte a la vuelta de la esquina y un Estado desesperado por retomar el control de esa parte de la sociedad.

Río de Janeiro y Sao Paulo con las favelas acordonando las ciudades, convertidas en los centros de la droga y la industria de la muerte. Caracas probablemente la ciudad más violenta de América Latina. ¿Por qué no aprendemos la lección?

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