Fabián Corral

El individuo, realidad fundamental

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En este tiempo, los socialismos constituyen lo “políticamente correcto”. Los colectivismos gozan de prestigio como signo progreso y bondad. En contraste, sufre toda suerte de descréditos el individualismo, y por cierto, esa mala palabra en que le han convertido al liberalismo. ¿Qué hay de verdad en todo esto? ¿Son dogmas irrebatibles? O es que la carga ideológica y la pasión hacen imposible discutir estos temas con mínima objetividad?

1.- El individuo, la realidad fundamental.- Cuando se habla de lo colectivo, de la comunidad y del Estado, se lo hace, con frecuencia, bajo la premisa de que el individuo es lo secundario, producto de lo comunitario, hijo de las concesiones políticas; que es un ser por antonomasia sospechoso de egoísmo. Pero la verdad es otra: no hay ninguna realidad colectiva posible sin el núcleo esencial que es el individuo. La sociedad no existe sin los modestos sujetos que somos cada uno de nosotros. Cada ser, entendido como persona, es el fundamento de lo demás. Sin el yo, no hay entorno, ni historia, ni política ni nada. No hay mundo. De modo que habrá que replantear algunos análisis que se hacen colocando a la carreta delante de los bueyes, para colectivizar y estatificar todo. Habrá que llegar a lo social a partir de cada ciudadano. Y si estas ideas se admiten, será necesario modificar más de una perspectiva. 

2.- No hay Estado sin persona.- Después de la caída del socialismo real (noviembre de 1989) quedó en evidencia por un tiempo, al menos en el llamado primer mundo, que los colectivismos y los estatismos habían sido el más grande fracaso político, económico y humano de la historia. Semejante evento puso de manifiesto que no es posible ni pensar siquiera en un Estado que olvide que sus facultades y la justificación de su existencia están en cada individuo; que el Derecho en que la organización política se funda es, en realidad, una concesión obtenida del único titular de derechos subjetivos que existe: la persona humana. Que, sin reconocer esa realidad, lo único que es posible construir desde la política son despotismos, modernas formas de servidumbre con fronteras cerradas y muros de contención humana.
Pese a la constatación histórica, tardó en llegar el reconocimiento de la grave equivocación que fue suplantar al individuo con el Estado, y demoró, y aún demora, que una sustancial mayoría de intelectuales y políticos admita el error en que incurrieron al endiosar a lo colectivo con sacrificio de lo individual, y que no se justifica ni un solo acto del poder que elimine derechos, suprima libertades y decida los destinos menoscabando la elección de cada persona. Pese a la constatación del fracaso de los totalitarismos, han vuelto a florecer sus utopías.

3.- No hay democracia sin individuo.- Sin el individuo como centro y fin de lo político, no se explica ni se justifica la democracia. Esa teoría política se basa en el reconocimiento de que la única fuente del poder legítimo es la soberanía de cada persona, no de los “colectivos” que son construcciones circunstanciales. Que el Estado mismo es un préstamo precario, provisional, una invención para hacer posible la convivencia de cada ser humano con los demás. Tanto el voto como los sistemas de representación, traen implícita la lógica de que los gobiernos, los jueces y las legislaturas son imposibles sin el reconocimiento previo del valor, atributos y derechos de las personas humanas. Que las instituciones son instrumentos secundarios al servicio de ellas. Que la justicia, la igualdad, la equidad, etc. son tesis, sueños, propuestas que, quiérase o no, radican en el individuo, como origen y como destino.

Uno de los problemas que aqueja a la política es olvidar que el Estado, y el instrumento democrático, son funcionales a cada persona. No son funcionales ni sirven solamente a las ideologías o proyectos. El Estado y sus instituciones son infraestructuras inventadas para que el individuo encuentre su propio destino. El voto de cada ciudadano, reafirma que la democracia, como forma de elección y fundamento de la legitimidad de los gobiernos, parte del individuo, que el colectivismo es su negación: los “colectivos” no eligen. Las personas eligen.

4.- El asambleísmo o la dictadura de una abstracción.- Grave falencia de las democracias es el endiosamiento de las mayorías, y la idea de que éstas son realidades superiores a los individuos, una especie de almas colectivas que gozan de todos los derechos sin obligaciones correlativas. La tesis ha derivado en el desconocimiento de los derechos, las voces e ideas de los individuos.

Desde el inicio de la democracia moderna, la tendencia a creer que la “voluntad general” existe como entidad separada y distinta de las expresiones de voluntad individual, ya deformó el contenido de las concepciones liberales que inspiraron a la formación de las repúblicas. Desde entonces, germinó la idea errónea de que las mayorías son realidades autónomas. La verdad es que ellas son apenas sumas de votos individuales, recursos electorales o parlamentarios coyunturales, que permiten resolver el drama de la democracia, que es la toma de decisiones, pero las mayorías no son sistemas para descubrir la verdad, ni recursos morales para construir la bondad. Son métodos políticos imperfectos, nada más.

5.- La sociedad civil.- La sociedad civil es producto de la convivencia de individuos. No es realidad superior a ellos. El Estado es una construcción. La democracia, una propuesta para encontrarle justificación al hecho de mandar y hacer viable o soportable la obediencia. El Derecho es un método para asignarle facultades y controlar al poder. Lo fundamental, es cada persona y sus derechos individuales.

fcorral@elcomercio.org