Enrique Ayala Mora

Indios fracasados

Compartir
valorar articulo
Descrición
Indignado 443
Triste 3
Indiferente 8
Sorprendido 9
Contento 56

Eso dice el líder correísta de los dirigentes indígenas de la marcha, del levantamiento y el paro nacional convocado por el Frente Unitario de los Trabajadores, la Conaie y las demás organizaciones del Colectivo de Organizaciones Sociales, que tuvo un respaldo multitudinario el 13 de agosto.

Esa frase cargada de violencia y racismo, indigna de un jefe de Estado, menos de alguien que dice acaudillar una revolución, revela la verdadera postura de quienes encabezan la violencia verbal y física que se da en el país ya desde hace años y va en aumento. Esa frase es un estigma para quienes la repiten, porque desnuda la verborrea “progresista” que inunda los medios de comunicación, hablando de compromiso con el cambio.

Es una expresión clara de lo que piensa el régimen detrás de su fachada populachera llena de “infinito amor” a la propaganda, a la plata pública y a los oligarcas que aportan por el sostenimiento del “proceso”.

No se trata solo de una frase sino de una consigna para la agresión y el maltrato que sufrieron más de 40 personas heridas y golpeadas en la marcha del 13, comenzando por presidente de la Ecuarunari y el Prefecto de Zamora. La violencia verbal se convierte cada vez más en violencia física y represión abierta.

Los indios fracasados no han respondido las agresiones y se han limitado a protestar por la violencia física. Pero se han mantenido firmes en sus posturas. El Gobierno debe dar marcha atrás en su proyecto de reformar tramposamente la Constitución con su mayoría de incondicionales en la Asamblea Nacional, debe ser sensible al pedido de revisar a fondo sus leyes antiobreras, la ley de aguas y la de tierras, debe acoger el clamor de empleados y jubilados que reclaman por la suspensión del aporte del 40% de las pensiones del IESS.

El régimen ha sacado a varios exdirigentes indígenas para atacar a las organizaciones que encabezan la protesta. Se trata de personas que, si bien hace algunos años eran referentes de la lucha popular, ahora son incondicionales y justifican hasta lo peores actos de agresión contra indígenas, trabajadores, jubilados, médicos, maestros y estudiantes y pobladores. Resulta patético, por ejemplo, ver como uno de ellos, golpista hecho y derecho, ahora habla de defender el orden constitucional y llama al diálogo.

Pero, más allá de los cotidianos insultos, quedan en pie varias preguntas centrales: Si no hubo paro, si en el país no pasa nada, salvo pequeñas protestas de dirigentes sin respaldo, ¿por qué el Gobierno ha dedicado tantos recursos a combatir la movilización? ¿Por qué tiembla de miedo cuando la gente sale a las calles?

Si son muchos más ¿por qué no consulta al pueblo los cambios constitucionales? Y también ¿por qué les tiemblan la voz y las piernas si los que marchan solo son cuatro pelagatos o indios fracasados?

eayala@elcomercio.org