Roberto Salas

Indignados

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5 de November de 2011 00:28

Sebastián, 26 años, recién graduado, vive en Madrid. Como todos los chicos de su edad, pasa al menos 5 horas conectado. La conexión se refiere a la Internet, donde tiene muchos más ‘amigos’ que los que ha hecho en toda su vida. Lleva dos años buscando trabajo pero solo ha conseguido cosas temporales, sobre todo en los veranos cuando todos se van a la playa y necesitan desempleados permanentes para cubrir a empleados afortunados. Su consuelo es que hay miles como él, pero no se resigna. Ya ha salido a la Plaza del Sol una docena de veces a protestar invitado por otros amigos vía Twitter.

Hoy por Facebook se enteró que su ciberamigo Jhon, de Connecticut, salió para Nueva York a ocupar Wall Street para reclamar lo que otros 200 en la red que frecuenta lo invitaron a participar. No tenía nada que hacer, pero le parecía una buena idea ir a reclamar a los entontecidos por la codicia. Esperan presionar al gGobierno para que regulen las compensaciones y ganen menos. Todos concuerdan que encontraron una nueva arma en contra de los gobiernos o de quienes hacen cosas que no les hace sentido. Pueden provocar una bola de nieve de mensajes indignados para expresar masivamente sus insatisfacciones y ser escuchados con el apoyo de los medios de comunicación. Nadie sabe hasta dónde pueden llegar, ni ellos mismos que los organizaron, pero algunas demostraciones en Medio Oriente con resultados impensados les dan fuerzas para activar.

Las redes sociales están fortaleciendo su impacto, sobre todo de los jóvenes de clase media que son los más asiduos internautas, pero todavía falta comprobar su verdadero rol en la sociedad.

Lo importante es lo que deben hacer los gobiernos y las instituciones con esto. Algunos manifiestan que es difícil definir el grado de representatividad de estos movimientos como para orientar decisiones. Además, usualmente no son movimientos organizados con liderazgos claros o voceros válidos. Pero eso no importa. Lo relevante es escuchar y discernir. Cuando los gritos son más fuertes y masivos, ¡qué importa si hay o no un líder detrás de ellos!

Las demandas de los llamados ‘indignados’ de las semanas pasadas difieren por país. Para los europeos lo principal es el empleo, para los estadounidenses es parar la codicia de los banqueros, para otros el tema ambiental, para los chilenos es la educación. Al ser demandas distintas, se entiende que los instrumentos son globales, pero las percepciones, problemas y soluciones son locales.

Estamos hoy en día ante una generación de jóvenes insatisfechos con nuevos instrumentos de presión que ni los propios gobiernos, empresas u organizaciones civiles dominan.