Sebastián Mantilla

Indignados

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22 de June de 2011 00:02

El pasado domingo cerca de 50 000 personas salieron a las calles de Madrid y otras ciudades de Europa para protestar en contra de quiénes serían los responsables de la aguda crisis que golpea a España y a otros países como Grecia, Irlanda, Francia y Portugal.

Lo que en un inicio fue un mero acto de protesta sucedido el pasado 15 de mayo, ahora ha tomado plena forma en el movimiento de los “indignados”. Estos, en su mayor parte menores de 25 años, están descontentos con los políticos porque no han podido dar respuesta a la crisis económica y el desempleo que afecta a cerca del 21,29 % de la población en España.

Los gritos y protestas no han podido ser más decidores: “Tenemos que hacer una nueva democracia”; “Los sueños de los políticos son mis pesadillas. A luchar por una democracia real”; “Los políticos no nos representan…”.

Un problema económico está derivando en un cuestionamiento no solo de la clase política sino incluso del sistema vigente y, en esencia, de la democracia.

El ideal democrático, pese a ser un puntal de los países europeos, suscita fuertes críticas. Cuando escucho las proclamas “tenemos que hacer una nueva democracia”, “los políticos no nos representan” o “sus sueños son mis pesadillas” no sé si en realidad son evidencia de problemas nunca resueltos o si es producto de etapas maduras de democracia. Me inclino por la primera opción.

Aunque el esquema electoral-representativo se ha mantenido por mucho tiempo como el pilar de la democracia, no obstante, ha sido insuficiente para generar confianza y legitimidad. En otras palabras, el control ciudadano y su participación en asuntos de interés público definirían ahora de mejor manera la democracia que la simple designación popular de autoridades y la organización del poder.

Ante ello, el control ciudadano y participación serían como una forma de ejercer presión sobre los gobernantes. No solo esto. El problema residiría en que la política, como capacidad de institución de lo social, ha perdido fuerza y legitimidad. El ciudadano controlador gana para sí lo que pierde el ciudadano elector; el soberano negativo se afirma en detrimento del soberano a secas; la organización de la desconfianza mina el supuesto de una confianza surgida en las urnas.

Sostiene Pierre Rosanvallon, que una serie de prácticas de control, obstrucción y enjuiciamiento se están poniendo en juego con las que la sociedad ejerce poder de corrección y de presión. Es su virtud, pero también el problema. Aunque es todavía prematuro interpretar el sentido completo del movimiento de los ‘indignados’ considero que la clase políticas no está a la altura de los momentos históricos de sus pueblos.