Milagros Aguirre

Indignados

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26 de May de 2011 00:03

Qué bueno que se hayan indignado los jóvenes de España. Y los de Egipto. Y los de Libia. Motivos para la indignación sobran. Y en el mundo entero. Que se indignen los desempleados, los maltratados, los que no tienen oportunidades, los que han sido obligados a callarse, los abandonados, los marginados, los que son parte de las estadísticas de desempleo, los que no tienen oportunidad de expresarse, los que quieren vivir mejor, los que sueñan, los que trabajan, los que luchan, los insatisfechos, los que cuestionan, los que no comen cuento, los que están hartos, los que escriben, los artistas, los intelectuales, los maestros, los estudiantes, los dirigentes.

Mejor la indignación, que la indiferencia, que la indignación, que la sumisión, que el silencio. Mejor indignados, que sordos y ciegos. Tienen que indignarnos la desidia y el abuso, la mentira, la demagogia.

Motivos de indignación nunca faltan. Indignación da, por ejemplo, el lavado de manos de responsables del conflicto eclesial en Sucumbíos (que no son, por cierto, ni Carmelitas ni Heraldos) y que han metido la cabeza en un hueco, como el avestruz, provocando un innecesario enfrentamiento popular.

Indignación da que el Gobierno peruano, por un lado, done 100 000 dólares para el trillado Yasuní y que, al mismo tiempo, firme un acuerdo para transportar el crudo ecuatoriano por el tubo peruano…¿qué petróleo, si no el del Parque, fluirá por los tubos del norte del vecino del sur? Indignación dan las ofertas de USD 20 por hectárea para las comunidades que serían afectadas por esa explotación.

Indignación da que una cita en el hospital del IESS, por una fiebre de hoy, se otorgue para dentro de 10 días… mientras se dan préstamos, eso sí, inmediatos, para ¡laptops! Indignación da ver a los niños haciendo malabares en la calle, las colas en los hospitales, la carestía de la vida, las proclamas antitaurinas mientras se negocia la explotación minera a gran escala, la plata botada en naderías, consultorías, planes de vida, líneas base y otros etcéteras de papel, en lugar de destinar esos recursos a cosas pequeñas, sencillas y concretas que ayuden a mejorar la calidad de vida de las gentes.

Si no nos indignamos, mejor nos fumamos el opio del pueblo que vienen a ser la propaganda y la prensa oficial (más aún, en lugares donde no hay otra que esa), en donde hay una verdad absoluta e incuestionable, donde todo es perfecto, todo es políticamente correcto, no hay malestares, se inauguran obras a millares surgir, se reciben aplausos, se borra la minería ilegal de un plumazo, se termina la impunidad y se vela por la seguridad ciudadana. Mejor la indignación, que la anestesia.