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26 de June de 2011 00:07

De paso por España, me he acercado a los indignados a fin de escuchar y tratar de comprender. A pesar de los intentos de manipulación de unos y otros, lo cierto es que hoy la indignación está muy presente en una sociedad que ha pasado de la opulencia consumista al sentimiento personal y colectivo del fracaso. Así lo experimenta toda una generación perdida, estudiada y titulada, pero que difícilmente entrará en el mercado laboral. A muchos españoles sólo les queda recoger las migajas que caen del mantel. Sin ir tan lejos, yo creo que en nuestro país, más allá de los discursos políticamente correctos, hay unos cuantos motivos de indignación. Yo sueño una patria en la que reine la justicia, en la que el sistema judicial sea honesto, libre y transparente; una patria en la que no campee la violencia asesina, en la que no reine la impunidad; una patria en la que los jóvenes tengan educación de calidad, trabajo y oportunidades; una patria en la que algún día los subsidiados sean ciudadanos. En fin, sueño un país incluyente y solidario, profundamente moral.

Por eso, no me cae mal el movimiento de los indignados… Al contrario, considero beneficiosa una tensión que nos ubique ante un horizonte de expectativas y de esperanzas. En esta tensión me siento humano y creyente, convencido de que crear una tensión ética (cultural, social, legislativa) es absolutamente necesario. De ahí nace el grito indignado, como un exceso de amor.

Siempre recordaré las palabras de una madre dolorosa: “El día en que supe que mi hijo había desaparecido, nació un tigre dentro de mí. Desde entonces no he dejado de buscarle”. Si escarbamos en el sentido profundo de las palabras, descubriremos la verdad de la indignación, qué significa el conocimiento (“supe”), la ética (“Nació un tigre dentro de mí”) y la política (“no he dejado de buscarle”). Y descubriremos también el sentido más hondo de la caridad cristiana, que no sólo se nutre de gritos sino de dinamismos éticos que fascinan y seducen (me refiero a la bondad, a la compasión, al compromiso por la justicia).

Hay momentos en que la indignación me alcanza pero, cuando esto ocurre, me pregunto qué soledad puedo acompañar, que injusticia puedo redimir, qué corazón puedo pacificar… A veces, incluso, qué energía o qué agua puedo ahorrar.

¡Qué bueno sería que los gobiernos del mundo escucharan a los indignados! Sobre todo, escucharan…

Escuchar es tarea política, propia de un estadista que no puede promover políticas, legislaciones y soluciones mayores al margen del auténtico consenso. Esta convergencia integradora es siempre la base de toda participación ciudadana. La gran sorpresa del gobierno Zapatero en España fue enterarse, de golpe y sin previo aviso, de un profundo descontento e indignación de grandes sectores de la población que nunca se sintieron partícipes de la política oficial ni se sintieron escuchados. Me lo decía hace poco un joven universitario: "Nos oyen, pero no nos escuchan". Es así como se incuba la indignación.