Manuel Terán

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25 de September de 2013 00:01

Los derroteros que toman los países son, por lo general, inescrutables. Sociedades que se han encontrado en un determinado momento de la historia en una posición expectante, pasados algunos años por motivos diversos se encuentran en encrucijadas que nadie, ni el más visionario, se habrían atrevido a presagiar. A inicios del siglo XX cuando Argentina era el imán del mundo y atraía a cientos de miles de inmigrantes del Viejo Continente, que se despedazaba en la primera gran conflagración mundial, quienes con los criollos ya asentados en el Puerto fueron configurando una de la ciudades más bellas de América, con una clase media en auge, probablemente no imaginarían que casi un siglo después ese espacio urbano acogería a barriadas o villas en las que no existe planificación alguna para su desarrollo, carecen de servicios básicos como cualquier otra ciudad que crece desordenadamente. Las disputas políticas que se sucedieron hicieron que el deterioro hiciera presa de esa ciudad insigne, aunque sin restarle belleza, pero si el auge y la condición de ser uno de los sitios más agradables del subcontinente. Argentina, pese a que las autoridades de turno hablan de la década ganada, ya no es el referente que otros buscaban emular. Es más, a su interior, cosa inédita, hay voces que ponderan la situación de sus vecinos, hecho impensable hace apenas algunas décadas.

Madrid hace unos años deslumbraba por la pujanza. La construcción estaba a tope y pocos habrían podido suponer que, años después, la economía se desmoronara. La sociedad española de pronto se vio reflejada en un espejo que les parecía ajeno. Tasa de desempleo similares al Tercer Mundo, transformaron súbitamente a una sociedad que atraía la inmigración en una que en los últimos tiempos ha expulsado a sus técnicos fuera de sus fronteras.

El caso venezolano quizás es el más emblemático. Con una riqueza inconmensurable, con su principal producto de exportación con los precios por las nubes, la sociedad fracturada está agobiada por la carencia de ciertos productos básicos, padece apagones y se encuentra afectada por la inflación más alta del continente. En otras circunstancias, Venezuela y su gente estaría inmersa en un proceso boyante, donde el bienestar sería reflejo de la capacidad productiva del país, más no el espejismo causado por el caudal de subsidios que tienen que ser sostenidos incluso con préstamos del exterior. Toda una oportunidad perdida.

Los ejemplos propuestos son muestra que los procesos no son lineales ni que, por existir un momento en que se perciba bienestar, éste necesariamente va a continuar o va a conducir a mejores días al conjunto de la población. Los únicos Estados en que es constante la mejora de la calidad de vida de sus ciudadanos, son aquellos en que administran con cautela sus recursos y no se obnubilan por eventos que pueden ser pasajeros.