Fabián Corral

La incómoda realidad

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30 de May de 2011 00:08

La realidad es el incómodo huésped de todos los sistemas políticos, jurídicos y económicos. La realidad es montaraz, indomable, esquiva y contraria a los dictados de ideologías y doctrinas. Es la mala conciencia de las “buenas intenciones”, el desmentido de las ingenuidades, el conspirador que pone en evidencia, con peligrosa frecuencia, la inutilidad de las teorías y la inconsistencia de los proyectos. Y es el factor que, en definitiva, termina derrotando a los académicos y a sus aprendices, a los dogmáticos y a los ilusos.

Desde que el mundo es mundo, los dogmáticos han pretendido, sin ninguna fortuna, abstraerse de la realidad, suplantarla con fórmulas, soñar con catecismos que conciben a la sociedad como laboratorio, y a los hombres como conejillos susceptibles de ensayo, útiles para demostrar la verdad de sus asertos y la contundencia de sus tesis. Pero como la realidad es terca y esquiva, como niega con persistencia las doctrinas, pronto surge la tentación de imponer los proyectos y las teorías a rajatabla, apelando al poder, negándole espacio a la verdad. Se idealiza, entonces, el “debe ser” y se cede a la tentación de marcar a los escépticos con el signo de la herejía. O simplemente, se insiste en el error aconsejado por el dogma… y se fracasa. Entonces, claro está, los culpables son los “otros”, los conspiradores, los escépticos y los crí-ticos. Vieja historia, pero no por vieja, aprendida.

Desde que el mundo es mundo, la política es el escenario en donde, con mayor frecuencia, se aplica la necedad, se insiste en el error y se niegan las evidencias de la realidad. Se ha llegado el extremo de proponer la creación del “nuevo hombre”, hecho a imagen y semejanza de los poderosos y sus cortesanos. El socialismo y el fascismo son testimonios estremecedores del fracaso y de la tragedia de semejante soberbia. Se ha llegado al absurdo de construir sistemas constitucionales suponiendo la bondad angelical de los jueces y la sabiduría de los burócratas. Y todo adornado por el discurso y sustentado, claro está, en intocable teoría. Allí tienen los acadé-micos grave responsabilidad, porque, metidos en sus torres de marfil, envanecidos frente a sus espejos, se niegan a mirar, aunque fuese de soslayo, la índole tortuosa y dura de las sociedades sobre las que imponen sus silogismos.

Los intelectuales -y la academia- tienen el deber de contrastar sus teorías con la humilde realidad que les rodea y alimenta; tienen la obligación moral de contar con ella. No pueden aspirar a que la vida se acomode siempre a sus dogmas. No pueden creer que el mundo, diverso y contradictorio como es, se convierta, tras la lente de la ilusión o del capricho, en tierra llana, donde los hombres caminan, ordenados y sumisos, al ritmo que les marca la doctrina en boga. Para cambiarla, el primer consejo es mirar, cara a cara, al feo rostro de la realidad.