Jorge H. Zalles

El imperio de la ley

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Escribo sin conocer cómo va a terminar el drama electoral, pero debo comentar lo que está sucediendo.

Hay indicios -varias instancias de papeletas de votación previamente llenadas, actas sustraídas y encontradas en algún parque o basurero, falta de transparencia en la digitación de los datos de las actas, lentitud del escrutinio- de que existe la intención de hacerle trampa al pueblo ecuatoriano. Y no es difícil creer que esa sea la intención de dirigentes políticos que, a través de los años, han alabado como paladines de la democracia a personajes tan poco identificados con los esenciales respetos que ésta implica como los hermanos Castro y el Comandante Chávez.

Circulan también sugerencias de una intención contraria a la del posible fraude electoral de parte de las Fuerzas Armadas. Consuelo al fin, pero un pobre consuelo para quienes creemos que la auténtica democracia liberal es el sustento fundamental de un cuerpo político sano.

¿Cuál es la mejor posible respuesta al desafío que nos ha sido lanzado por un conjunto demostrablemente poco confiable de poderes?

Sobre la fila de columnas frente a la fachada de Langdell Hall, sede de la Escuela de Derecho de la Universidad de Harvard, está inscrito en piedra lo siguiente: “NON SUB HOMINE SED SUB DEO ET LEGE”. Significa “No bajo el hombre sino bajo Dios y la Ley”. Nuestra mejor protección sería –pero no lo es- que viviésemos bajo el imperio de la ley, que quienes detentan el poder se sometiesen a ella por convicción. Vimos un gran ejemplo de cómo funciona el imperio de la ley cuando un juez en los Estados Unidos dispuso la suspensión de una orden emitida por el Presidente Trump en relación con la inmigración, y diversas instancias del gobierno federal, cuyo jefe máximo es el propio Trump, obedecieron al juez, y suspendieron de inmediato los efectos de esa orden presidencial. Así funciona el imperio de la ley, no de los hombres.

Desprovistos como estamos de esa noble protección, la siguiente mejor respuesta es una sociedad civil vigorosa, valiente, decidida, que no por los pocos miles, sino por los cientos de miles, salga a las calles a recordarles a quienes detentan el poder que ellos no son nuestros amos: son nuestros mandatarios bajo la ley.

Por si luego se me quiera tratar, ilegalmente, como a Leopoldo López, no estoy llamando ni a la violencia ni a la insurrección armada. Estoy llamando a que, como lo hemos hecho algunos miles desde el Domingo 19 por la noche, nos reunamos, en relevos permanentes, más y más miles de personas frente a la sede del poco confiable Poder Electoral para expresar, pacíficamente, nuestro rechazo a que, una vez más, se ofenda nuestra dignidad ciudadana, y nuestra esperanza de que quienes detentan abusivamente el poder comprendan que exigimos vivir bajo el imperio de la ley.