Juan Cuvi

Impasse electoral del correísmo

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El correísmo está ingresando en un callejón sin salida electoral. Ninguna de sus tres figuras más sobresalientes le asegura el triunfo en 2017. Tal como van las cosas, las disputas internas y la indefinición corroerán lentamente cualquier candidatura.

Jorge Glas, aspirante ungido, es un peso muerto, un ancla atada a los pies de Lenin Moreno. Ni despega ni deja que el otro se eleve. Por más que cuente con el apadrinamiento oficial, continúa estancado en la escala inferior de las preferencias electorales. De continuar con la misma estrategia terminará por atrofiarse junto con las expectativas del propio Moreno.

El ex Vicepresidente, por su parte, pierde fuerza en relación directamente proporcional a su indecisión. Esperar hasta el último era una buena estrategia antes del terremoto. Hoy tiene que disputar espacio con un correligionario en plena campaña, pero que, en lugar de sumar, resta. A este paso, los votantes que Glas no logre seducir no se irán con Moreno si se lanza; se irán con otro candidato.

Correa, por su lado, se está convirtiendo en un fardo electoral cada vez más difícil de sobrellevar. No es el gran elector que se suponía.

El descenso de su popularidad parece irreversible, sobre todo por el pésimo manejo de la crisis y del terremoto. De continuar con el desgaste puede terminar hundiendo a cualquier candidato de Alianza País. El fracaso de su patrocinio a los candidatos locales en 2014 aún está fresco.

En tales circunstancias, el mejor postulante del correísmo está inmovilizado entre dos fuerzas negativas.

Atado al piso, y con un bulto sobre sus hombros, Lenin Moreno no tiene más alternativa que distanciarse de sus dos compañeros de tienda.
Decisión dificilísima, obviamente, teniendo en cuenta el esquema caudillista en el que se mueve.

Allí adentro el sectarismo y la obediencia son los únicos sellos de legitimidad.

En este panorama, la eventual independencia de Moreno puede significar, al mismo tiempo, fortaleza y debilidad.

Fortaleza, porque en amplios sectores del electorado –inclusive entre muchos partidarios de Alianza País– se espera que marque distancia tanto con el candidato oficial como con su mentor. La argolla política vertical y autoritaria exaspera cada vez a más electores.

Debilidad, porque cualquier asomo de autonomía resulta lapidario.

Rafael Correa sabe que Lenin Moreno puede hacer lo mismo que él hizo en 2007: llegar a la Presidencia, deshacerse de sus tutores, aprender el modus operandi del aparato estatal y concentrar el mayor poder posible.

De alcanzar un hipotético triunfo, siempre penderá la amenaza de que a los pocos meses no quede ni huella de la rosca correísta en las alturas del Gobierno.

Por eso la incondicionalidad en la sucesión es un requisito impajaritable.