Milagros Aguirre

Pasó la hora

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Hace unos días la noticia de una “presunta” (maldita palabreja) matanza de indígenas aislados en el valle del Javarí, en Brasil, en manos de garimpeiros o buscadores de oro trajo a la memoria las matanzas en la selva ecuatoriana. Las palabras “presunta”, “posible”, “probable” con las que se tratan estos temas no hacen sino confirmar que el ocultamiento es sistemático, aquí, y en la quebrada del ají. Muertes que no se pueden verificar, en lugares que se dicen remotos (aunque no lo son tanto); crónicas en páginas de curiosidades, con datos imprecisos y fotos ilustrativas (indígenas con lanzas o con flechas, da igual si son de un grupo o de otro); matanzas en las que no se sabe ni el número de muertos ni sus circunstancias ni el lugar ni la fecha; alertas de misioneros y ONGs a oídos sordos del Estado y unas autoridades dignas hijas de Pilatos.

Ahora mismo (15, 19 y 20 de septiembre) se está socializando (otra palabreja) a las comunidades de esa porción de selva que aún queda, la construcción de 10 plataformas en el llamado bloque Ishpingo Norte (la I del ITT) y, según dice el estudio de impacto ambiental, 35 pozos en cada una de ellas (o sea 350 pozos) además de accesos, facilidades y tubería.

El Ishpingo está en plena Zona de Amortiguamiento del parque nacional Yasuní, es decir, tocando la llamada Zona Intangible, zonas creadas para la protección de los pueblos en aislamiento. El estudio tiene 1179 páginas además de una cartografía de 47 mapas (https://goo.gl/D3Knc4). De ese montón de páginas apenas 13 son dedicadas a esos pueblos. De ellas, cinco transcriben la política nacional citada en cuanto documento sobre el tema ha salido de los escritorios ministeriales.

El estudio habla someramente de taromenani-tagaeri, wiñaetairi e iwane y menciona a los taromenga-taromenane, “de los que no se identifica mayor descripción hasta de que las investigaciones confirmen o descarten información sobre ellos” (sic). El único mapa corresponde al PMC y tiene fecha 2013 (anterior a la última matanza). ¿En cuatro años no se ha sabido nada más? ¿Ningún mapa proporcionado por la Comisión creada ad hoc, que tuvo geógrafo en su equipo y que adquirió costosas ortofotografías? Eso sí, una sentencia: “no estarían cerca y, de estar cerca de las actividades de hidrocarburos estas funcionan como una barrera al dificultar el paso de otros agentes –colonización, madera, turismo”. ¿En serio?

¿Es verosímil que se conozca del suelo, de los ríos, del clima, de la flora, de la fauna y mastofauna, de la cobertura vegetal, del ruido y del aire, y que se tenga tan poca información sobre las personas, sus caminos, sus chacras?

El trabajo de explotación -y de exterminio- está avanzado en lo que queda del Yasuní. Ya pasó la hora de pedir consulta sobre el tema. Es hora de pedir explicaciones y exigir responsabilidades.

maguirre@elcomercio.org