María Cárdenas R.

Imborrable

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29 de mayo de 2014 22:54

A cuántos no les gustaría que la historia pudiera ser cambiada a voluntad de uno u otro, borrón y cuenta nueva y, sin más, seguir adelante con un nuevo archivo de lo que pasa o, de lo que se quiere dejar como huella. Desgraciadamente, la historia no se puede acomodar a lo que más nos gusta o a aquello que quisiéramos que se sepa. Si hablamos de lo personal, nos damos cuenta que nuestra historia, las experiencias que hemos tenido en la vida, son el reflejo de lo que somos hoy, de lo que vemos al espejo, de nuestras reacciones ante la vida, de nuestra ideología y creencias.

Es decir, son nuestro yo, nuestra identidad.La historia de un territorio o país desde que existe su primer récord que, inclusive, puede no ser escrito, sino pintado, esculpido o cantado, es el inicio mismo de la identidad, una cultura que se vuelve más compleja con el adelanto del pueblo en sus actividades.

Nuestros antepasados se leen racial y culturalmente en nuestros mismos rostros y cuerpos. Los nativos de la región se mezclaron con los conquistadores españoles, con los afroamericanos, esclavos en ese entonces, y estas raíces se leen en el color de nuestra piel, en nuestros rasgos faciales y la calidad de nuestro pelo. Ese es Ecuador, un universo biodiverso de todo un poco y el que nadie puede negar o desconocer. Nuestros indígenas están escritos en nuestras gestas libertarias que, a la vez, nos liberaron de los españoles, quienes sin duda terminaron el reinado de los Incas sin los cuales no hubiera existido nuestro Atahualpa.

El país latinoamericano de la mitad del mundo es de tonos variopintos no solo en su maravillosa naturaleza, sino en su gente, su cultura, en toda la extensión de la palabra, desde el lenguaje, el arte y su cocina. Nuestra historia está compuesta por etapas muy diferentes la una de la otra, desde la conquista de los Incas y muchos pueblos entre sí antes de ellos, los españoles que también nos dejaron su herencia y en la época republicana, liberales y conservadores, de izquierda y de derecha, así como de término medio y extremistas. Cada uno dejó, a su paso, su propia marca y, mal podemos hoy, querer desaparecer o, inclusive, despreciar cada pedacito heredado. O es que los actuales y su reinado, de este país en estado de País de Maravillas, querrán que mañana, en el futuro, esta etapa, que será juzgada por los herederos del hoy, borren su paso, lo bueno y lo malo, lo evolutivo y aquello que nunca más podremos cambiar positivamente.

Penoso que, entre tanto asunto de importancia, como la búsqueda del desarrollo real, de las necesidades imperiosas en educación y salud que no reflejan las palabras dichas; que en vez de apoyar a todo Alcalde electo, por el bien de sus comunidades, se pelee una pelea sin pies ni cabeza. Triste que, inclusive viendo fuera de los límites nacionales, no nos dediquemos a ser proactivos en la solución de un problema que afecta a un pueblo entero, sino que defiendan a un dictador que ha perdido la razón.

Vergonzoso que no nos demos cuenta de que los himnos se cantan como fueron escritos, porque son, simplemente, el reflejo de la historia, así como los pueblos nos merecemos los gobernantes que tenemos, sin borrón y cuenta nueva…