Óscar Vela Descalzo

A su imagen y semejanza

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A raíz de la matanza protagonizada en el bar Pulse de Orlando, han surgido una vez más voces de todo tipo, desde aquellas que lamentan el hecho y sienten como suyo el dolor de los familiares de las víctimas, y también de las que se regocijan con este tipo de tragedias y creen ver en ellas un designio divino.

Las investigaciones iniciales han arrojado resultados confusos. Se trataría quizás de un crimen de odio contra grupos homosexuales, pero luego se afirma que el atacante también habría sido gay. Se ha especulado que sería un crimen racial ya que la clientela de la discoteca era esencialmente latina, y, por supuesto, que también podría ser un hecho conectado con el terrorismo de ISIS.

Por último, afloran en el ambiente las voces de los que critican la apertura legal para adquirir y portar armas en EE.UU., contrarias a los que defienden el derecho constitucional de tener un arma siempre a mano para defenderse de “sus enemigos”.


Según aparecen o se descartan las distintas hipótesis, también salen a la luz personajes siniestros como el descerebrado pastor bautista estadounidense que en un sermón de su iglesia se lamentó de que no hubiera más víctimas en la masacre, e incluso fue más allá al afirmar que su gobierno debería fusilar a todos los homosexuales.

O surgen desde las sombras frías de los templos otros seres ungidos como prelados, sacerdotes, obispos o ministros que en algunos casos le echan la culpa de la tragedia a la postura antihomosexual de las demás iglesias y en otros la justifican de forma taimada como parte de la “voluntad inescrutable de Dios”. 


En los delitos de odio, ya sea por razones raciales, inclinaciones sexuales o creencias religiosas, además de los criminales que suelen responder a trastornos psicológicos o entornos sociales conflictivos, siempre hay responsables indirectos que siembran su semilla maldita en los demás.

Allí, de un modo u otro, podemos estar todos: los que denigramos a nuestros semejantes por su aspecto, los que nos sentimos y nos mostramos superiores por el color de la piel o por nuestra situación económica, los que descalificamos a otras personas en razón de su fe o de su ideología, los que luchamos por restringir o quitar derechos a otros seres humanos por sus preferencias sexuales, los que señalamos, acusamos, apartamos, menospreciamos, acosamos o humillamos a nuestros congéneres por cualquier motivo que los haga diferentes.

En la matanza de Orlando bien podría tener la culpa la absurda enmienda que permite a los ciudadanos adquirir y portar armas libremente, o quizás la cultura del miedo que controla esa sociedad, o también el lado más oscuro del ser humano, el que está gobernado por el fanatismo, la arrogancia, la sumisión y la estupidez.

O, tal vez, en efecto esto fue solo el resultado de un proyecto perverso de alguna deidad, quizás de la que nos hizo a su imagen y semejanza, o de la que nos creó a partir del barro y nos dio la vida con un soplo divino.