Reinaldo Páez

La ilusoria década de la salud

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Columnista invitado

Cuánta ilusión y esperanza irradió el político joven, ilustrado, fogoso denunciador de corruptelas, de la abusiva reestructuración de la Corte Suprema de Justicia, de la contaminación del ámbito político nacional.

Fue apareciendo, entonces, el nuevo líder carismático que poco después fue escogido por una enorme mayoría para que dirigiera el destino de la nueva patria que preconizaba. Llenó las curules con un apoyo inusitado a sus listas y modificó leyes, estructuró cortes, anuló mecanismos e instituciones de control, y abusó del poder. Inició el gobierno con la más amplia bonanza económica que ha tenido el país en toda su historia, se construyeron carreteras, escuelas del milenio, hospitales y dispensarios. Sus costos desconocidos, sugieren cifras muy altas. En salud la inversión fue creciendo (cada año se incrementó el presupuesto en un promedio del 125, 27%) pero los indicadores no han mejorado.

La desnutrición ha disminuido muy poco (ha pasado del puesto 17 al 24 dentro de las causas de mortalidad). La mortalidad masculina ha disminuido un 0,74% y la femenina en 0,85%, en 15 años. En el año 2016, después de 10 de esta “revolución” existe un bajo acceso de la población rural al agua potable y alcantarillado. Salvo provincias como Pichincha, Guayas y Santa Elena, el acceso a la red pública de agua no llega al 80% en la mayor parte del país. Existen provincias con la cobertura de un 42% (Chimborazo), 48% (Sto. Domingo) y varias con un 58% (INEC, ENEMDU).

Estos datos demuestran que ha existido un abandono de la atención primaria de salud, que no se ha promocionado, ni educado, ni prevenido y que no se ha dado vigencia a la Ley Integral del Sistema Nacional de Salud, cuya aplicación desconcentrada, descentralizada y participativa disminuiría la cantidad y frecuencia de enfermedades. El contacto colectividad-personal de salud debe iniciarse en el centro de salud barrial o parroquial como un primer paso de un sistema de referencia adecuada, cuando el caso amerite, a un dispensario cantonal o provincial o a un hospital general, para culminar, en casos excepcionales, en el hospital de especialidad.

Lamentablemente se ha instaurado una política de proselitismo político y de represión al médico, especialmente si no acepta o denuncia actos incorrectos. Se ha querido terminar con los organismos federativos y prescindir de profesionales experimentados, para llenar sus puestos con colegas de otras nacionalidades que han demostrado, en una gran mayoría de casos, total incompetencia. Se ha dividido a la clase profesional.

Pensemos en sacrificio y patria, rescatemos la dignidad del médico, del enfermo, del pueblo y luchemos por la aplicación de la Ley Orgánica del Sistema Nacional de Salud, de 2002, pero no aplicada en esta década ilusoria y desperdiciada.