Milagros Aguirre

Los ilusionistas

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Los magos suelen ser un encanto, salvo cuando se descubre que hacen trampa para engañar a aquel que está mirando, absorto y convencido, el acto de magia. Ahí viene el despecho: cuando se descubre que el escondite del conejo está en el mismo sombrero o que la carta está escondida bajo la manga.

Los magos de la revolución merecen premio en la categoría del ilusionismo. Son capaces de convencer a sus adeptos que ahí, donde había un gentío caminando a pesar de la lluvia y el frío, con paraguas y ponchos de agua, no había nadie y todo era pura ilusión óptica, espejismo, imaginación. Son capaces de decirnos que ahí, donde los “pelagatos” cantaban las más distintas consignas, reinaban el silencio y la indiferencia. O que ahí, donde indígenas, campesinos, obreros, amas de casa, jóvenes, jubilados, hombres, mujeres, marchaban, cada uno por su propio descontento, solo había atacantes violentos con bombas molotov.

Con su varita mágica han transformado a un joven llamado Gabriel, que hacía memes en las redes sociales porque le gustaba opinar sobre la coyuntura, tenía conciencia social y sentido del humor, en un monstruo financiado por el imperialismo, la CIA y que, además del odio y la maldad, contaba con equipos sofisticados de inteligencia (más que los drones). Con magia hicieron de la habilidad de hacer memes, el deporte más peligroso de entre los que ha practicado este joven.

Con la misma varita mágica con la que convirtieron a un cantautor abstemio en borracho y drogo, han querido trocar a Bonil, el caricaturista con maestra pluma y con sentido del humor excepcional – a cuyo padre le decían El Negro-, en un racista empedernido a quien ahora investiga la Fiscalía como a delincuente contumaz.

Del sombrero sacan carreteras y unidades educativas del milenio como si fueran conejos para mostrar los cambios y la modernización del país, aunque la educación siga siendo mediocre y aunque, cada invierno, se desmoronen las montañas, entre el agua en las casas, crezcan los ríos y arrasen con puentes y carreteras.

Con las mejores destrezas de la prestidigitación convencen a sus seguidores de que solamente el caviar o el salmón han subido de precio y que la crisis afectará solo a las oligarquías que degustan esos manjares.

Con la varita mágica que tienen resulta que el petróleo da salud o que las niñas van a ser vírgenes hasta los 22 porque se abstendrán, incluso, los abusadores.

Por arte de birlibirloque han convertido a los ciudadanos, no en sujetos de derechos, sino en consumidores de bienes y servicios.

Pero… la carroza de cristal es solo una calabaza, el príncipe azul es un sapo y la sonrisa de chancho hornado que producen los petrodólares, no es eterna. Quienes ven el acto de magia y sortilegio en nítidas pantallas led podrán estar deslumbrados… hasta que descubran el truco y la engañifa: cuando falte para llevar el pan a la mesa y cuando sientan en carne propia sus derechosvulnerados.