Óscar Vela Descalzo

¿Somos todos iguales?

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Alguna vez se ha preguntado: ¿qué sucedería si de pronto, como consecuencia de un accidente o de una enfermedad, usted perdiera uno o más de sus sentidos o quedara incapacitado para caminar?

Supongamos que por cualquiera de las causas referidas, usted pierde la vista. Imagine cómo sería en adelante su vida, segundo a segundo, en tinieblas. Imagine, por ejemplo, que acaba de despertar pero sigue estando a oscuras. Imagine cómo será levantarse, desplazarse por casa, ir al servicio higiénico, bañarse, arreglarse por costumbre delante de un espejo que no le devolverá ninguna imagen, escoger la ropa, vestirse, ir hasta la cocina, preparar sus alimentos y sentarse a comer… Supongamos, para bien, que tiene alguien a su lado que le puede ayudar en todas esas tareas que parecerían casi imposibles de realizarse a solas, ¿pero y si usted no cuenta siempre con esa persona, o si no tiene familia, o si no tiene recursos para contratar a alguien que lo asista?

Imagine ahora que, en las mismas circunstancias de ceguera total, debe salir a la calle para ir a trabajar, para hacer un trámite burocrático por su incapacidad, para comprar alimentos o medicinas, para tomar aire o recibir los rayos del sol… Tal como están diseñadas actualmente nuestras ciudades, es muy probable que usted caiga en una alcantarilla destapada, o esté a punto de ser atropellado en cualquier calle, o tropiece en una acera con un vehículo estacionado sobre ella, o reciba insultos y bocinazos de algún energúmeno al volante, o sufra un golpe contra la rama baja de un árbol, contra un letrero mal colocado o contra un puesto de ventas ambulantes; y si regresa sano a su casa, si es que regresa, habrá tenido mucha suerte…

Imagine ahora qué pasaría si usted no pierde la vista sino que se queda postrado en una silla de ruedas en la que deberá desplazarse, sin contar en todo momento con la ayuda de alguien más. Piense entonces cómo haría estas tareas: salir a la calle y tomar un taxi, ir a comer a un restaurante lleno de escalones o pasar por una estrecha puerta de acceso al servicio higiénico; o circular tranquilamente por las aceras de su ciudad, o ir al estadio a ver un partido de fútbol…

Igual que le sucede a la mayoría de la gente, yo no me había detenido a pensar demasiado tiempo en lo difícil que debe ser vivir con una discapacidad en nuestro país, pero hace pocos días conocí el trabajo de “Access Israel”, una organización sin fines de lucro cuyo objetivo fundamental es promover la accesibilidad de todas las personas, concientizando a los ciudadanos sobre las enormes dificultades que tienen para desarrollar una vida normal.

Comprendí entonces que en este país no somos todos iguales porque hoy no gozamos de los mismos derechos; porque estamos muy lejos todavía de tener una verdadera accesibilidad que incluya a todas las personas; porque no respetamos los derechos de los demás... Porque no somos conscientes aún de lo que ellos deben padecer por nuestra culpa.

ovela@elcomercio.org