Jorge León

Igualdad, reacción y conflicto

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En Occidente crece el número de mujeres en puestos públicos. Ya no son excepcionales las mujeres diputadas, primeras ministras o presidentas. En varios países, se volvió moda que el gabinete ministerial sea paritario hombres-mujeres. Lo mismo en la lista electoral, todo ello sin “Ley de Cuotas”. Cuenta la presión social que rechaza el pasado de desigualdad y convierte en norma social a la inclusión.

Hay oponentes que resucitan y defienden el pasado, tal ciertas sectas católicas que limitan el destino de la mujer a ser madre y quieren, como en el predominante islamismo conservador, que la mujer permanezca en casa. Un reducto controlado por el hombre.

Para que el cambio predomine y haga raíz, se requiere del ímpetu de la sociedad, que hace suyas las ideas de lo que se rechaza y multiplica las posibilidades de renovación. Es lo que acontece cuando un movimiento social, logra ser tal y tiene impacto en la sociedad. El movimiento feminista y el ecologista pueden ser los de más impacto a finales del siglo XX.

Pierre Brass ve que el movimiento feminista, al privilegiar la equidad entre los sexos, logró un capital feminista que perdura en el XXI, al punto que incide en los cambios de la estructura económica. Es sorprendente la “coincidencia” en el XX, de la pérdida del peso de la propiedad y el creciente acceso de las mujeres. La afirmación de las mujeres y sus nuevos roles tienen que ver con eso.

Es imposible minimizar el papel decisivo para ello de la inserción de la mujer en el trabajo y, por ende, en el mundo exterior a la casa; descubrió otros mundos y disminuyó o anuló su dependencia material del esposo o del padre. También fue decisivo su acceso a la educación y la revolución que significó la píldora anticonceptiva, la cual liberó a la mujer de limitarse a ser reproductora y madre de por vida.

En Occidente crece la presencia pública de la mujer, no así en el mundo con predominio religioso, ahí hay un “retroceso” histórico. Antes que gane esta ola conservadora, en Afganistán, Siria, Iraq, Túnez o Marruecos no era esa la situación de la mujer. Tenía su sitio en las universidades y no se la escondía o se la quería volver invisible para los demás, con una burka o un velo, que indica que solo el esposo tiene derecho a verla. Una apropiación del cuerpo de la mujer y una limitación para su desempeño social.

Con el aumento de regímenes autoritarios y de fanatismo religioso, no sorprendería que se quiera poner en tela de juicio a los derechos humanos. La polarización internacional actual puede llevar a ello, como ya se percibe con Arabia Saudita o con China. Por ello, la presión internacional para cambiar la segregación de género es, por así decir, estratégica como es consolidar los logros para las mujeres, creando razones que hacen raíz en la sociedad.

jleon@elcomercio.org