22 de July de 2010 00:00

Igual que ahora

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Milagros Aguirre

‘Todavía no se cumple el año de la masacre de humildes trabajadores ecuatorianos, realizada por los aucas, en señal evidente de defensa de sus propios derechos más sagrados, arbitrariamente violados”.

“Es probable que la reanudación de los trabajos en la misma zona, habitada por ellos, cruzando las líneas muy cerca de sus casas y de sus chacras, y además con el intenso volar de helicópteros y detonaciones sísmicas, haga desaparecer la principal fuente de subsistencia que es la cacería y la pesca, y constituye una flagrante provocación en contra de todos los derechos humanos del pequeño grupo huaorani más digno de respeto y protección”.

“La seguridad de los trabajadores se quiere garantizar con la protección de la fuerza armada. Esto constituye otra gran provocación, y, por otra parte, entraña el propósito de genocidio en el momento que se note el menor obstáculo al trabajo petrolero. En consecuencia, solicitamos suspender y postergar esa operación hasta que el mismo pueblo huaorani pueda comprenderla y autorizarla”.

Estos párrafos anteriores, escogidos de una carta del obispo Alejandro Labaka dirigida al jefe de la CGG, fueron escritos en 1978, hace 32 años. Parecen escritos hoy mismo, a propósito de los grupos ocultos que viven en las cercanías de Armadillo y de los actuales debates sobre el Yasuní.

Celebramos los 23 años de la muerte de Labaka y de Inés Arango. En su memoria, traigo el tema. Entonces, igual que ahora, la presión por la explotación petrolera ponía en riesgo la vida, tanto de los indígenas como de los trabajadores del petróleo. Un año antes de esa carta (77), Alejandro Labaka se dirigía al Supremo Gobierno. Ahí señalaba cuál era el territorio de estos pueblos y pedía “protección, reconocimiento legal de sus territorios”, a la vez que rechazaba “todo intento de usurpación, desalojo, reubicación forzosa o disminución excesiva de su espacio vital”.

En un artículo, publicado en febrero del 77, en este diario, Labaka proponía dos cosas: “conseguir el consentimiento de ellos para la explotación petrolera o que el Gobierno declare como reserva todo el territorio ocupado por estos grupos, que CEPE renuncie a los trabajos petroleros en zonas donde habitan y que priorice los trabajos de explotación de los tantos pozos positivos ya descubiertos y en plena producción”.

En 30 años hemos avanzado en leyes, derechos, creación de parques nacionales y zonas intangibles. Pero ni un ápice sobre el terreno. Tampoco en el debate. Todo lo contrario. Releer algunas de sus cartas, ahora, resulta conmovedor: hoy, el mismo dilema que entonces y la entrañable sensación de que de algo han de servir su legado y su muerte entre lanzas.

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