Pablo Cuvi

Humor y poder

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29 de December de 2012 00:03

En esta temporada de Inocentes miro el mapamundi y pienso que muchos poderosos no tienen sentido del humor porque no lo necesitan. De vez en cuando se les puede ocurrir algún chiste brillante, faltaba más, pero al decirlo se contamina de la altura desigual que ocupan, pues todo lo que dicen y hacen forma parte del discurso del poder y su puesta en escena. Manuel Vicent, columnista de ‘El País’, resalta un elemento decisivo para explicar la situación: los poderosos solo ven sonrisas a su alrededor. Es decir que los subordinados pelan los dientes obligadamente así la broma del poderoso tenga la densidad de un ladrillo, de modo que este no requiere forzar el ingenio para obtener carcajadas.

Norma elemental de un buen cortesano es festejarle las gracias al señor, no solo en el palacio real sino en los escalones subsiguientes de cualquier empresa u organización pública o privada, incluso pandilla, donde el que manda define quién y qué es gracioso, elaborando la pulla o negando la sonrisa de aprobación a la audaz ocurrencia de algún subalterno que, este sí, debe ser muy ingenioso para sobrevivir. Ello porque uno de los elementos clave del humor es la transgresión de la norma, de la lógica, del orden establecido en todos los campos; es decir, la ruptura fugaz del discurso del poder. Reírse del poderoso fue siempre un arma política, salvo en el caso del bufón oficial a quien el rey permitía ciertas burlas para que nadie más se aventurara a hacerlas.

Se escucha decir de algunos poderosos que son graciosos y buen chiste en privado (lo que ya es un reconocimiento de que en público no lo son). Puede ser, siempre que se defina “privados de qué”: ¿de poder, de estrés, de pudor, de miedo al ridículo? Sabemos que Mussolini era un amante desaforado y ruidoso en privado, y en público no tenía sentido del ridículo con sus poses de césar romano. Pero a veces daba en el clavo, como cuando explicaba a un periodista: “Somos poderosos porque no tenemos amigos”.

Si ‘Il Duce’ llevaba razón, el poder político no necesita practicar ni el humor ni la amistad. Por el contrario, debe protegerse de sus embates. Alzate Avendaño, un político colombiano conservador decía que “la política es el arte de defenderse de los amigos”. Ese giro inesperado provoca una sonrisa, que se congela en el rostro si añadimos “y parientes”. En cambio, cuando a Velasco Ibarra le preguntaron por qué reía tan poco, respondió: “Porque comprendo el dolor de los hombres”.

Hemos pasado así al campo de la demagogia. Añadir que desde que el mundo es mundo el lenguaje del poder suele andar reñido con la verdad es llover sobre mojado.

El escritor mexicano Carlos Fuentes lo puso de un modo inmejorable al decir que “la política es el arte de tragar sapos sin hacer ninguna mueca”. Y eso, francamente, no tiene nada de chistoso.