Benjamín Fernández

El humor y el autoritarismo

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5 de February de 2014 00:02

Una de las características salientes de los gobiernos autoritarios, entre las muchas, es la intolerancia hacia el humor. Si existiera una manera de medir un gobierno democrático de otro que no lo es, sería evaluando el nivel de tolerancia que tiene hacia quienes se ríen de ellos generando tirria al poder.

La democracia permite este juego libre y abierto sin importar sus costos porque finalmente lo que permite la risa es liberar elementos químicos del cerebro y consiguientemente hacer que la vida sea más llevadera y menos conflictiva.

En verdad una cosa es cierta: los autoritarios carecen de sentido del humor. Por eso el rostro cetrino es casi una característica natural a la condición del dictador. Por eso Chaplin mofándose de ellos tuvo tanta reacción negativa por parte de los criticados y por eso también los que hacen humor gráfico irritan tanto a los poderosos de ocasión.

Un test que mide por sobre cualquier otro el nivel que tolerancia a la disidencia expresada en forma humorística y que como reacción alérgica recibe persecución y castigo es claramente una metáfora del gobierno autoritario que se disfraza de democrático. Todos los dictadores de todos los tiempos han perseguido el humor político porque entendían bien que la crítica expresada a través de ese mecanismo reflejaba más que ninguno las características autoritarias de su gobierno.

Varios casos en las dictaduras del Cono Sur en Argentina, Chile, Paraguay o Uruguay están llenos de ejemplos donde el gobernante no democrático persiguió con saña a aquel que osaba reírse del poder y del poderoso de ocasión. Este entendía que esos gestos afectaban severamente su legitimidad y no dudaron en echar mano a argumentos legales para conculcar esas libertades escasas por donde el deseo de libertad se expresara de manera cuasi subterránea pero notablemente certera.

El autoritario no tolera a los que se ríen de ellos porque creen que eso socava su autoridad y por sobre todo afirman que los humaniza ante un electorado acostumbrado a verlos fuertes e inquebrantables ante todo y todos. No saben que sin ese componente fundamental es imposible entender la realidad y sacar conclusiones que permitan un mejor gobierno. Esto, para el autoritario es herejía que debe ser combatida con la peor de las ortodoxias exhibidas alguna vez por la Inquisición y los Torquemadas de ocasión.

Reírse del poder y del poderoso transforma la realidad en algo humano y acerca el poder a su mandante: el pueblo. Lo contrario desnaturaliza la democracia para transformarse en autoritarismo.

Cuando el gobernante aprenda a reírse de sí mismo y de las cosas que hace, habrá afirmado su paso a la condición humana y se habrá acercado en algo hacia esa la democracia que tanto pregona pero es incapaz de admitirla con humor incluido.