Gonzalo Maldonado

Humillados y ofendidos

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19 de February de 2012 00:01

Esta semana un grupo de gente quemó ejemplares de El Universo y El Comercio, mientras profería insultos contra ambos periódicos. No parecían personas habituadas a leer la prensa. Por la llaneza de sus argumentos –impublicables en este espacio– diría que tampoco sabían lo que sucedía en la Corte Nacional de Justicia, adonde habían ido.

Sin embargo, la cólera y el arrebato que mostraban no eran fingidos; la rabia que expresaban sus gestos y palabras era real. ¿Por qué la ira de estas personas? ¿De qué manera la prensa libre pudo haberles ofendido? No tengo respuestas a estas preguntas.

En general, desconfiamos de las personas que se indignan fácilmente. Nos parecen irracionales, esclavas de una pasión extrema. Estamos convencidos que una reacción visceral revela debilidad o ausencia completa de argumentos en quien la sufre.

Pero, de otro lado, no somos capaces de reprobar por completo a aquellas personas que se expresan de manera tan primaria porque intuimos –o queremos creer– que ellas han sido socialmente marginadas y que, por esa razón, tienen derecho a ventilar su frustración de aquella manera.

Desdeñar los sentimientos extremos y tener, a la vez, una cierta actitud condescendiente con quienes los padecen no solo es una hipocresía –un vicio de la ‘corrección política’– sino también un dilema ético. Esto porque, en el fondo, despreciamos a quienes queman periódicos pero no nos atrevemos a criticarles.

¿Sentirse humillado y ofendido es justificación suficiente para actuar con violencia? J. M. Coetzee –escritor sudafricano, premio Nobel de Literatura– sostiene que no. En su libro ‘Contra la censura. Ensayos sobre la pasión de silenciar’, explica el error monumental que significa para una sociedad pasar por alto a personas que exhiben actitudes intolerantes bajo el argumento de que antes han sido socialmente marginadas.

Dar un valor ético a la ira –dice Coetzee– equivale a abandonar cualquier vestigio de civilidad que pudiera tener una sociedad. Aquello ahogaría la capacidad de reflexión de las personas y daría por bueno cualquier sentimiento, aun cuando pudiera tener un origen innoble como el rencor, la envidia o simplemente el prejuicio o la ignorancia.

Es entonces imprescindible apuntar los errores de quienes queman periódicos que no leen o profieren insultos que alguien más les indicó que dijeran. Lo debemos hacer con argumentos, como es obvio, pero con firmeza. Sentirse frustrado o socialmente ofendido no puede ser excusa para tener actitudes intolerantes.

Si dejamos pasar estas acciones erradas, la sociedad se fragmentará aún más y, como sabemos, ese es el mejor caldo de cultivo para la violencia. La intolerancia debe ser combatida con argumentos.