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He podido ver la primera parte de “Human” del cineasta Yann Arthus-Bertrand, una obra testimonial que nos acerca al corazón del hombre y del mundo. Se trata de un intento comprometido que da imagen y voz a este esfuerzo por construir un planeta humano y habitable.

Poco a poco van cobrando vida rostros paisajes y experiencias colectivas que reflejan la maravilla que supone ser humanos. No se trata de una mirada inocente o estética. El mal también acecha la vida humana y el dolor forma parte de ella.
Condición para ser humanos es cuidar la casa común en la que vivimos y habitamos. Hace años, en el Puyo, al amparo de Caritas del Ecuador, surgió una semilla de solidaridad con la Amazonía que hoy fructifica en toda América Latina.

El fruto maduro es la REPAM, la Red Panamazónica que, poco a poco, va adquiriendo fuerza y significación, también en la medida en que la Santa Sede le dio su aval. He tenido el privilegio de estar en sus comienzos y de apoyar y participar en sus encuentros latinoamericanos.
La Amazonía sigue amenazada por reiterados derrames de petróleo, deforestaciones y explotaciones salvajes. Sería grave ignorar que la Amazonía posee uno de los ecosistemas más ricos del planeta y es el hogar de innumerables pueblos indígenas, contactados o no.

Agua, oxígeno y vida quedan en entredicho y expresan el vulnerable equilibrio en el que tienen que vivir miles de personas y especies vegetales y animales.
 Pero lamentar no es suficiente. Se requiere otro modelo de desarrollo. De lo contrario se irá imponiendo la lógica del gran capital a costa del futuro de la Amazonía y de los pueblos nativos. Cuando manda el dinero, ¿a quién le importa la naturaleza?

En medio de tantos intereses y de la indiferencia de la mayoría, hasta la voluntad política se pierde…
Cuando leo algunos comentarios sobre la “Laudato Si” me doy cuenta de que también en determinados ámbitos de Iglesia hay una fuerte tentación de descafeinar las palabras del Papa.

Francisco lo tiene claro: si cuidamos el planeta, combatiremos la pobreza y consecuentemente construiremos un mundo más humano.
Sin duda que a mucha gente, inmersa en el mundo urbano, preocupada por la crisis, el trabajo y la satisfacción de tantas necesidades inmediatas, la ecología en general y la Amazonía en particular le quedan muy lejos.

¿Podremos hacer algo en la distancia? Claro que sí. Siempre podremos apoyar a los empobrecidos, descubrir la simplicidad de la propia vida, promover políticas ecológicamente propositivas y, sobre todo, impulsar un consumo sostenible. Todo ello es garantía de armonía, de justicia y de paz, algo frágil pero necesario si queremos sobrevivir.


En medio de la profunda ambigüedad de lo humano, siempre podemos intentar vivir con dignidad. Sólo así salvaremos el sentido y la belleza del mundo, integrando naturaleza, hombre y economía. No puede ser el compromiso de pocos, sino el de todos.