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“Sus fiestas se convirtieron en duelo, y en desprecio su reputación. En proporción a su gloria se multiplicó su ignominia”. Estas palabras bíblicas pueden aplicarse sin dudar, a la vida de los conquistadores, gobernantes abusivos, ‘eternos’ poderosos, cuya existencia y poderío vuelan de la historia hacia la historia de la nada, como en nuestra vida el viento.

El cuerpo de Chávez ‘expuesto al público’ durante largos días luego de su muerte, por real decreto del excamionero Maduro, su heredero, ¿qué se hizo? Su carísimo embalsamamiento, prometido al hambriento pueblo venezolano para evitar el inevitable inicio de la pudrición, esta sí, eterna ¿terminó? ¿Cuánto costaría la urna de cristal que debía contener al embalsamado? ¿Dormirá el comandante presidente junto a Bolívar, como soñaron sus émulos? ¿Se revolverá Bolívar en su tumba, si alcanzó a darse cuenta de tal compañía?

Qué se haría el pretendido museo de la revolución bolivariana que debía inaugurarse en un cuartel (¡dónde, si no!). Qué se hacen, qué se hicieron, qué se harán, los maduros, cabellos y diosdados, sus ‘compañeras revolucionarias’ respectivas o no respectivas; sus millonarios vástagos revolucionarios, todos los bolivarianos enriquecidos con la pobreza de Venezuela, los intérpretes de la voz del pueblo que intentaron sacralizar el cuerpo maltrecho del difunto y convertir en culto su memoria.
Van cayendo, una tras otra, de las paredes en que se sostenían, sus enormes fotografías retocadas hasta la vergüenza y el olvido; va cayendo el culto evidenciado en la iconografía subsecuente a la muerte del ‘inmortal” y caen hasta los retratos de Maduro y, en merecida suerte, todo lo que colgaba de las paredes del Congreso, salvo el retrato de Bolívar.

Veo una inmensa foto de Chávez, de las que se toman para que el fotografiado aparezca como nunca fue, y dé impresión de mando, de vigor físico ¡e intelectual!: grandes fotos inmaculadas, estudiadas para mostrarnos gestos ‘de soy un arcángel’, que se desmienten cuando el arcángel abre la boca, cierra los ojitos cínicos y aúlla de placentero poder ante todo y contra todos, con miradas que dan miedo, ira y nostalgia y arrepentimiento.
¡Imágenes que muestran hasta cierta belleza que, para el caso que nos ocupa, es inaudito! Bajo la efigie, en grandes letras y entre signos de exclamación se lee “¡Para siempre!”, para reírse de los ‘para siempre’ de políticos ansiosos de permanecer, desmentidos por la muerte y, lo que es aún peor, refutados por el ridículo: vayamos, si no, tras la imagen que atraviesa el universo virtual en una carretilla de dos ruedas de esas de llevar los cilindros de gas, imagen rodante, sin metáfora: es la foto gigante y girante del señor Chávez, empujada o jalada ¡a quién le importa! por un muchachito que ganará unos centavos por el originalísimo ‘trabajo’ de transportar la eternidad, desde el edificio que aloja al Congreso venezolano, hacia el olvido.

Y si esto pasa con Chávez, ¿qué pasará con sus epígonos maduros? Sic transit gloria mundi… Así pasa.