Monseñor Julio Parrilla

Un huésped inquietante

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Primero disparar y después robar, aunque solo sea por un simple celular; dejar la carretera salpicada de muertos y huir campo a través; hacer del sicariato vida y profesión, mecidos por la impunidad y por el silencio; envenenar con droga el cuerpo y el alma de adolescentes a las puertas del colegio; volver la cara para no ver la realidad y caer en el abismo de la indiferencia… Son las formas de un huésped inquietante, el nihilismo, capaz de tumbar el resto de humanidad que nos queda.

Creo que era Soren Kierkegaard quien decía que el nihilismo, es decir, la negación de todo principio social, político o religioso, es una enfermedad del alma, quizá la peor de todas. Y es que, cuando no hay principios, la vida se convierte en un revoltijo de poder, sin moral y sin límite. Esto pienso cuando leo, oigo y miro la crónica roja que nos envuelve cada día con su manto escarlata.

Más allá de los números y de las estadísticas delincuenciales, lo que me parte el alma es la anemia moral, el poco valor de la vida, la incapacidad para distinguir el bien del mal… Ahí está la raíz de esta pandemia que nos carcome hasta el punto de vaciarnos la conciencia y arrojarnos en las brumas de la nada (¿se acuerdan de Jean Paul Sartre, que tenía nombre de galán, pero que era más feo que el pecado?).

¿Cómo librar el alma de semejante mal? ¿Cómo superar la indiferencia ante la injusticia o, simplemente, ante el dolor ajeno? Lo primero, como siempre, es tomar conciencia. El nihilismo está ahí, laminando vidas de miles de personas anónimas que tienen que morir o matar para salir en pantalla, que se arrastran sin ánimo, esperando que algún bufón les alegre el día y la noche o los desgracie de forma inmisericorde. Gente perdida y abandonada a su suerte.

Mientras, el mundo oficial y bienpensante, el que maneja las cifras y los conceptos, se encierra en sus cuarteles de invierno a salvo de la quema, siempre que la violencia no les salpique.

Desde la alta torre lanzan palabras académicas que nada significan, que hace mucho tiempo que dejaron de ser bálsamo para el alma. ¡Ay, las palabras!... Hoy utilizamos un lenguaje técnico y funcional que, lejos de humanizarnos, nos adormece y justifica. Después de tomar conciencia, hay que bajar al ruedo.

Pensando en estas cosas, he desempolvado el viejo libro ‘La acción’, del olvidado Maurice Blondel, y he vuelto a plantearme la pregunta inquietante que turbó el ánimo de toda una generación: si la vida (la que yo llevo) tiene o no tiene sentido, es para alguien cauce y motivo de amor y de esperanza. Este déficit es el que nos mata, el que nos vuelve insensibles, incapaces de hacer algo bueno.

Ojalá que la política (como virtud) y nuestros políticos (como hombres y mujeres virtuosos) ofrecieran a nuestros ciudadanos un horizonte legítimo por el que luchar, un sueño grande que llenara de sentido la vida de tantos.

jparrilla@elcomercio.org